Libros
Estos días de descanso veraniego he tenido la suerte de coincidir con un escritor viejo, de los de solera, en este lugar donde Gredos y el Tiétar proporcionan fuerzas para ir pensando en septiembre.
Aquí el sol es el mismo que en mi Mancha, pero mira de otra forma.
Por las tardes suelo ir a la ermita, a rezar a la Virgen del Carmen. El paseo de ida y el de vuelta son algo que vale la pena: la paz de ese camino presagia que al final hay una ermita.
Hace poco, cerca de la ermita, charlé un buen rato con mi amigo el escritor. Hablamos de libros. Me tranquilizó mucho que no me regañase cuando le confesé que siempre tengo dos libros empezados: uno “de pensar” y otro “de desintoxicar”. Ahora tengo cerca del sillón uno de John Grisham, el último, para desintoxicar, y uno de Adam Zagajeswski, “En la belleza ajena”, para pensar, y mucho.
Mi amigo sonrió (siempre sonríe) y me contó lo bien que se lo pasa a veces, descansando con la lectura de una de Tom Clancy. Para mí es un gran consuelo.
Ahora está, cuaderno en mano, releyendo a Chesterton en un libro que lleva los zapatos muy gastados. Otro consuelo, en otro sentido.
Hablamos de la cantidad de novedades editoriales… que son sólo eso: novedades, negocio, palabras que no parecen escritas porque también se las lleva el viento. Hablamos de esos libros que, si no fuera por el marketing, posiblemente no habrían sido escritos nunca… y no nos habríamos perdido nada. Libros que nunca serán citados en notas a pie de página de grandes obras; que pasan en el mejor de los casos sin dejar nada, o dejando lo que normalmente se tira.
Y hablamos también de libros buenos. De libros que no son de temporada; que admiten, e incluso requieren, una segunda pasada, una relectura reposada, de esas que van dejando en la mente la huella de una idea.
Y mi amigo, el escritor viejo, se puso a pensar en voz alta. Los libros buenos son los que dicen algo. No basta con que cuenten cosas. Los buenos libros son los que te arrancan una luz, un pensamiento, una verdad, una bondad, una belleza, algo que se puede mirar y mirar.
Es una pena que muchas librerías vendan juguetes, mochilas y juegos de ordenador. Porque quizás es señal de que venden pocos libros.
Yo, por mi parte, he descubierto muchos libros buenos. Y he descubierto que, detrás de un libro bueno, hay un hombre capaz de escribirlo para hacer que salgan al aire las cosas que lleva dentro: su alma, su ciencia, su paz, su Dios.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 31 de agosto de 2004
Aquí el sol es el mismo que en mi Mancha, pero mira de otra forma.
Por las tardes suelo ir a la ermita, a rezar a la Virgen del Carmen. El paseo de ida y el de vuelta son algo que vale la pena: la paz de ese camino presagia que al final hay una ermita.
Hace poco, cerca de la ermita, charlé un buen rato con mi amigo el escritor. Hablamos de libros. Me tranquilizó mucho que no me regañase cuando le confesé que siempre tengo dos libros empezados: uno “de pensar” y otro “de desintoxicar”. Ahora tengo cerca del sillón uno de John Grisham, el último, para desintoxicar, y uno de Adam Zagajeswski, “En la belleza ajena”, para pensar, y mucho.
Mi amigo sonrió (siempre sonríe) y me contó lo bien que se lo pasa a veces, descansando con la lectura de una de Tom Clancy. Para mí es un gran consuelo.
Ahora está, cuaderno en mano, releyendo a Chesterton en un libro que lleva los zapatos muy gastados. Otro consuelo, en otro sentido.
Hablamos de la cantidad de novedades editoriales… que son sólo eso: novedades, negocio, palabras que no parecen escritas porque también se las lleva el viento. Hablamos de esos libros que, si no fuera por el marketing, posiblemente no habrían sido escritos nunca… y no nos habríamos perdido nada. Libros que nunca serán citados en notas a pie de página de grandes obras; que pasan en el mejor de los casos sin dejar nada, o dejando lo que normalmente se tira.
Y hablamos también de libros buenos. De libros que no son de temporada; que admiten, e incluso requieren, una segunda pasada, una relectura reposada, de esas que van dejando en la mente la huella de una idea.
Y mi amigo, el escritor viejo, se puso a pensar en voz alta. Los libros buenos son los que dicen algo. No basta con que cuenten cosas. Los buenos libros son los que te arrancan una luz, un pensamiento, una verdad, una bondad, una belleza, algo que se puede mirar y mirar.
Es una pena que muchas librerías vendan juguetes, mochilas y juegos de ordenador. Porque quizás es señal de que venden pocos libros.
Yo, por mi parte, he descubierto muchos libros buenos. Y he descubierto que, detrás de un libro bueno, hay un hombre capaz de escribirlo para hacer que salgan al aire las cosas que lleva dentro: su alma, su ciencia, su paz, su Dios.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 31 de agosto de 2004
