31 agosto 2004

Libros

Estos días de descanso veraniego he tenido la suerte de coincidir con un escritor viejo, de los de solera, en este lugar donde Gredos y el Tiétar proporcionan fuerzas para ir pensando en septiembre.

Aquí el sol es el mismo que en mi Mancha, pero mira de otra forma.

Por las tardes suelo ir a la ermita, a rezar a la Virgen del Carmen. El paseo de ida y el de vuelta son algo que vale la pena: la paz de ese camino presagia que al final hay una ermita.

Hace poco, cerca de la ermita, charlé un buen rato con mi amigo el escritor. Hablamos de libros. Me tranquilizó mucho que no me regañase cuando le confesé que siempre tengo dos libros empezados: uno “de pensar” y otro “de desintoxicar”. Ahora tengo cerca del sillón uno de John Grisham, el último, para desintoxicar, y uno de Adam Zagajeswski, “En la belleza ajena”, para pensar, y mucho.

Mi amigo sonrió (siempre sonríe) y me contó lo bien que se lo pasa a veces, descansando con la lectura de una de Tom Clancy. Para mí es un gran consuelo.

Ahora está, cuaderno en mano, releyendo a Chesterton en un libro que lleva los zapatos muy gastados. Otro consuelo, en otro sentido.

Hablamos de la cantidad de novedades editoriales… que son sólo eso: novedades, negocio, palabras que no parecen escritas porque también se las lleva el viento. Hablamos de esos libros que, si no fuera por el marketing, posiblemente no habrían sido escritos nunca… y no nos habríamos perdido nada. Libros que nunca serán citados en notas a pie de página de grandes obras; que pasan en el mejor de los casos sin dejar nada, o dejando lo que normalmente se tira.

Y hablamos también de libros buenos. De libros que no son de temporada; que admiten, e incluso requieren, una segunda pasada, una relectura reposada, de esas que van dejando en la mente la huella de una idea.

Y mi amigo, el escritor viejo, se puso a pensar en voz alta. Los libros buenos son los que dicen algo. No basta con que cuenten cosas. Los buenos libros son los que te arrancan una luz, un pensamiento, una verdad, una bondad, una belleza, algo que se puede mirar y mirar.

Es una pena que muchas librerías vendan juguetes, mochilas y juegos de ordenador. Porque quizás es señal de que venden pocos libros.

Yo, por mi parte, he descubierto muchos libros buenos. Y he descubierto que, detrás de un libro bueno, hay un hombre capaz de escribirlo para hacer que salgan al aire las cosas que lleva dentro: su alma, su ciencia, su paz, su Dios.

Emilio Sanz

El Día de Ciudad Real, 31 de agosto de 2004

24 agosto 2004

David

Al entrar en la iglesia de Santiago, Cristóbal me dijo bajito: “Alegra esa cara; no estés triste, no fastidies. Puedes llorar por dentro, pero por fuera no llores”. Como me lo dijo con tanta autoridad, conseguí no llorar por fuera. Al fin y al cabo, Cristóbal es el padre de David.

En el tanatorio, mientras el cuerpo de David nos hacía ver que su alma respiraba ya un aire más puro, charlé un rato con sus amigos: Pancho, Ramón, Rafa, José María, Miguel, Pablo… todos ellos chavales que no están acostumbrados a los velatorios. Estaban llorando, protegiéndose entre ellos, desahogando esa pena que nunca antes había ensombrecido así sus ojos jóvenes.

David era un amigo de los que te quieren y se hacen querer por ti. Allí me contó Pablo que, no una vez sino varias a lo largo de los últimos años, ante algún problema “existencial” de esos propios de gente joven, estando Pablo pasándolo mal, y a veces muy mal, David era su ayuda: si hacía falta consuelo, pues consuelo; si hacía falta filosofía, pues filosofía; y si religión, pues religión. Y eso, con Pablo y con todos. Porque David era un enfermo desde siempre, y sabía que los enfermos están muy cerca de Dios, que lo sabe todo y nos quiere a todos.

David llevaba toda su vida enganchado a una máquina de oxígeno. No tenía una total libertad de movimientos: dependía de otros para casi todo. Cada poco, los pulmones de David se complicaban, y le ponían más enfermo. Pero ahí estaban su padre, su madre, sus hermanos, sus amigos de todo tipo: los de la música heavy, los informáticos, los internautas, los vecinos, los del club Alarcos… montones de amigos. Pero el mejor amigo era Jesucristo: el único que supo explicarle por qué y para qué.

El modo de vida que tuvo David fue el sufrimiento, la enfermedad. Y David eligió ser feliz: aprendió a ser feliz en el sufrimiento. David quería y era querido, y lo demás le importaba un pimiento.

Por eso ayudó tanto a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos. Nos ayudó a todos a ver la vida de otra manera. Incluso ahora.

Emilio Sanz

El Día de Ciudad Real, 24 de agosto de 2.004