Desnudos
Desde el estreno de aquélla película en la que unos señores en paro decidían ganarse la vida desnudándose en público mediante precio, cada vez son más frecuentes las iniciativas que pretenden adoptar idéntico sistema para fines de todo tipo. Hace poco era un equipo de fútbol, cuyos jugadores llevaban meses sin cobrar. Antes, unas señoras para una asociación de enfermos. Incluso los bomberos de no sé dónde vendían calendarios con sus fotos. Hasta unos olivareros lo han hecho ¡para promocionar su aceite!
Estoy alucinado con este resurgir del arte del desnudo, que me temo que no es arte sino gusto por lo obsceno, que no es lo mismo.
Ese generalizado afán por enseñar se corresponde con ese espíritu de desvergüenza que algunos programas de televisión han puesto de moda, junto a la carencia de otro tipo de atracciones que no sean las corporales. Estas personas que se prestan a desvelar su intimidad corporal sin motivo real me hacen pensar en lo bien que se siente la gente cuando va al médico y éste, para reconocer al paciente, adopta las lógicas medidas de prudencia y hace al enfermo utilizar el biombo, o la bata.
Se corresponde también esta moda tonta del desnudo físico con la del desnudo moral: gozan de gran prestigio, en lo más bajo de los espíritus humanos actuales, los espectáculos tipo gran hermano, donde no hay intimidad ni para los sentimientos, o las exclusivas del famoseo.
Un pariente mío fue operado recientemente en una clínica de Madrid. El día de la intervención, en el aparcamiento de la clínica, me di cuenta de que había fotógrafos por todas partes: hasta subidos a los árboles. Ya dentro, mi hermano me hizo saber que acababan de ingresar al padre de una famosa artista, hermana de otra artista, novia de cantante. En la sala de espera de la UCI coincidimos con ellos, que lógicamente estaban tan preocupados como nosotros. Gente normal, al menos en esos momentos tan delicados. Pues allá abajo estaban los paparazzi, sin importarles nada el motivo de la visita al hospital: una foto de la famosa llorando, o del novio nervioso, valía demasiado dinero como para andarse con prejuicios morales. Horas estuvieron los fotógrafos: muchas horas, muchos días. Exactamente hasta que dieron el alta al paciente. Dentro, una familia se desvivía por un señor con un infarto. Fuera, mataban las horas los fotógrafos a la espera de ese instante de portada de revista indiscreta, y de su correspondiente cheque al portador. Cada vez que llegaba al parking un coche nuevo, los de las cámaras escudriñaban desde su posición, a ver quién viene, a ver si hay suerte, a ver si conseguían algo que en realidad no les importaba: lo que les importaba era la pasta. La bailarina y su novio el cantante, y su hermana la artista, y los demás de aquella familia, se protegían como podían de aquel acoso. Me dieron pena. Sólo querían hacer lo que, en una situación así, hace una familia: estar juntos.
Si a la bailarina se le hubiese ocurrido vender la exclusiva de su llanto, del consuelo de su novio o del sufrimiento de su padre, toda España la habría puesto verde. Por vender su intimidad, por venderse a sí misma.
No lo hizo. Vuelvo ahora a pensar en esas personas que, movidos vaya usted a saber por qué, se fotografían sin ropa para… para nada. Qué estupidez. Con lo bien que se está en casa.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 28 de diciembre de 2004
Estoy alucinado con este resurgir del arte del desnudo, que me temo que no es arte sino gusto por lo obsceno, que no es lo mismo.
Ese generalizado afán por enseñar se corresponde con ese espíritu de desvergüenza que algunos programas de televisión han puesto de moda, junto a la carencia de otro tipo de atracciones que no sean las corporales. Estas personas que se prestan a desvelar su intimidad corporal sin motivo real me hacen pensar en lo bien que se siente la gente cuando va al médico y éste, para reconocer al paciente, adopta las lógicas medidas de prudencia y hace al enfermo utilizar el biombo, o la bata.
Se corresponde también esta moda tonta del desnudo físico con la del desnudo moral: gozan de gran prestigio, en lo más bajo de los espíritus humanos actuales, los espectáculos tipo gran hermano, donde no hay intimidad ni para los sentimientos, o las exclusivas del famoseo.
Un pariente mío fue operado recientemente en una clínica de Madrid. El día de la intervención, en el aparcamiento de la clínica, me di cuenta de que había fotógrafos por todas partes: hasta subidos a los árboles. Ya dentro, mi hermano me hizo saber que acababan de ingresar al padre de una famosa artista, hermana de otra artista, novia de cantante. En la sala de espera de la UCI coincidimos con ellos, que lógicamente estaban tan preocupados como nosotros. Gente normal, al menos en esos momentos tan delicados. Pues allá abajo estaban los paparazzi, sin importarles nada el motivo de la visita al hospital: una foto de la famosa llorando, o del novio nervioso, valía demasiado dinero como para andarse con prejuicios morales. Horas estuvieron los fotógrafos: muchas horas, muchos días. Exactamente hasta que dieron el alta al paciente. Dentro, una familia se desvivía por un señor con un infarto. Fuera, mataban las horas los fotógrafos a la espera de ese instante de portada de revista indiscreta, y de su correspondiente cheque al portador. Cada vez que llegaba al parking un coche nuevo, los de las cámaras escudriñaban desde su posición, a ver quién viene, a ver si hay suerte, a ver si conseguían algo que en realidad no les importaba: lo que les importaba era la pasta. La bailarina y su novio el cantante, y su hermana la artista, y los demás de aquella familia, se protegían como podían de aquel acoso. Me dieron pena. Sólo querían hacer lo que, en una situación así, hace una familia: estar juntos.
Si a la bailarina se le hubiese ocurrido vender la exclusiva de su llanto, del consuelo de su novio o del sufrimiento de su padre, toda España la habría puesto verde. Por vender su intimidad, por venderse a sí misma.
No lo hizo. Vuelvo ahora a pensar en esas personas que, movidos vaya usted a saber por qué, se fotografían sin ropa para… para nada. Qué estupidez. Con lo bien que se está en casa.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 28 de diciembre de 2004
