22 febrero 2005

Dos derechos distintos

(Sobre la asignatura de religión)

A mí me parece muy bien que, si uno no es católico, o protestante, o no profesa ningún credo religioso, no quiera que a sus hijos se les dé una clase de religión en la que se les explique ese credo y sus consecuencias morales, litúrgicas y espirituales. Me parece bien, siempre y cuando ese padre o esa madre sepan respetar la libertad del hijo.

También me parece muy bien que, si uno es católico, o protestante, o profesa algún otro credo religioso, quiera que a sus hijos se les dé una clase de religión en la que se les explique ese credo y sus consecuencias morales, litúrgicas y espirituales. Me parece bien, siempre y cuando ese padre o esa madre sepan respetar la libertad del hijo.

Lo que no entiendo, ni me parece bien, es que alguien pretenda que nadie pueda pedir en la escuela clase de religión, de una religión concreta. Pretenden algunos miembros del actual Consejo Escolar del Estado que se suprima o se prohíba la clase de religión en la escuela. Alegan que no tiene por qué impartirse en los colegios una enseñanza que, al fin y al cabo, afecta a un aspecto íntimo, personal, de los individuos. Y que no tiene por qué pagarse con dinero público una enseñanza que, por afectar a lo opinable de cada cual, es cada cual quien debería buscarse su modo de impartirla o recibirla, en otros ámbitos extraescolares, como la parroquia, los grupos de catequesis, etc.

El argumento es formalmente válido: si cada uno tiene derecho a confesar la religión que quiera, o ninguna, y a nadie se le puede obligar a abrazar ninguna fe o a apostatar de ella, dejemos que cada cual, privadamente, se organice como pueda y como quiera. Vale. Eso es, lo que se dice, la formulación explícita y correcta del derecho a la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades, reconocida en el artículo 16 de la Constitución Española, en el artículo 70 de la Constitución Europea, y en el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Es maravilloso: los ciudadanos tenemos garantizada nuestra libertad ideológica, religiosa, y de culto, tanto personalmente como en grupo: los individuos y las comunidades.

Ahora bien: existe, también garantizado, otro derecho, distinto del anterior, que es el derecho que tienen los ciudadanos a elegir para sus hijos la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones. La garantía de este derecho está en el artículo 27 de la constitución Española, en el artículo 74, párrafo tercero, de la constitución Europea, y en el artículo 26, párrafo tercero, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Los tres preceptos citados en el párrafo anterior son los que regulan la libertad de enseñanza y, en sus respectivos cuerpos legales, están situados, sistemáticamente, en sede de derecho a la educación y libertad de enseñanza.

Así pues, una cosa es el derecho a pensar cada uno lo que quiera, que es un derecho garantizado expresamente, y otra muy distinta el derecho a tener clase de religión, que es un derecho… también garantizado.

No hay justificación moral, legal ni política para suprimir la clase de religión en la escuela.

Emilio Sanz

El Día de Ciudad Real, 22 de febrero de 2005

15 febrero 2005

Ya empezamos


(Prácticas eugenésicas, selección de embriones, niños-medicamento, etc.)


Todavía no hemos votado en referéndum el Tratado por el que se establece una Constitución para Europa, y ya empiezan a salir las trampas.

El Gobierno del PSOE nos está convenciendo de que votemos que sí, y por la puerta de atrás está promoviendo medidas que van radicalmente en contra de lo previsto en la Constitución Europea. Sucede esto, por ejemplo, con el anuncio hecho por el Ministerio de Sanidad la semana pasada: “se podrá engendrar un embrión para curar al niño enfermo”. Así dicho, parece una cosa bastante razonable (este término, “razonable”, se está poniendo de moda y dará mucho que hablar). Lo que no nos cuentan es toda la verdad: y no nos la cuentan porque, con toda la verdad en la mano, la medida deja de ser razonable para convertirse en una barbaridad.

Parte de esa verdad es la realidad de que hay niños que están enfermos y que necesitan un transplante que sólo puede proceder de un hermanito. Otra parte de esa verdad es que, si los papás tienen otro niño sano, podrá hacerse ese transplante. Con estos datos, la solución es perfectamente “razonable”: tengan los papás otro niño, y hágase el transplante.

Pero esta verdad tiene más datos: resulta que lo que quiere aprobar el Ministerio es que, mediante fecundación artificial, se fabriquen varios embriones, y de entre ellos se elija para ser implantado al que esté sano y sea por tanto más apto para el transplante. A los otros, que los zurzan. Por enfermos. Por defectuosos. Por inválidos. ¿Por judíos? ¿Por homosexuales? ¿Por minusválidos? ¿Por qué?

La Constitución Europea, esa que todavía no está en vigor y que el Gobierno quiere que votemos, dice en su artículo 63: “En el marco de la medicina y la biología se respetará: (…) la prohibición de las prácticas eugenésicas, en particular las que tienen como finalidad la selección de las personas”. Vayamos al diccionario. “Eugenesia” es la aplicación de las leyes biológicas de la herencia al perfeccionamiento de la especie humana. Y “selección” es acción y efecto de elegir a una o varias personas o cosas entre otras, separándolas de ellas y prefiriéndolas.

Así pues, lo que el Ministerio de Sanidad pretende es autorizar la aplicación de las leyes biológicas de la herencia al perfeccionamiento de la especie humana, para elegir, de entre varios embriones, al más apto para la finalidad que se persigue. Los demás embriones no serán elegidos: no son aptos.

La verdad hay que decirla entera porque, si no, deja de ser verdad. Y la verdad es que, para curar al hermanito (que es un ser humano), serán engendrados varios embriones (que también son seres humanos), de los cuales todos menos uno serán desechados porque sólo uno será preferido.

Eso no es curar: eso no es evitar la enfermedad, sino evitar al enfermo mismo, evitar a esos embriones humanos, que son seres humanos, sólo porque no son “aptos”. Y eso no es razonable.

Emilio Sanz

El Día de Ciudad Real, 15 de febrero de 2005

08 febrero 2005

El PSOE y la casa sin barrer

(En Castilla la Mancha)

Yo creo que doña Clementina tiene bastante capacidad y altura intelectual como para dar la impresión de no recordar que hace un año y pico su máxima preocupación era que RENFE pretendía cambiar los coches del AVE. Es la Diputada número uno del partido que ganó las últimas elecciones en Ciudad Real, que es su tierra, y además es una persona valiosísima que podría hacer mucho más…

Yo no creo que haya decidido dedicarse a sus labores de primera dama. Me pregunto qué sucede para que, aquello que denunciaba anticipadamente con tanto celo, ahora sea ignorado por una persona a la que yo no tengo situada en la parte electoralista y demagógica de la política provincial. Más bien podría ser que en su partido hayan decidido que no diga nada. Si así fuera, mal por ambos, por el partido y por ella. Por ella, porque su preocupación tienen que ser los ciudadanos, esos que en su día nos creímos lo que denunció. Y por su partido, porque se las está arreglando para consolidar una situación que no satisface a la gente, y por eso lo denunciaba ella con tanto ardor.

Lo del Partido Socialista con el AVE en Ciudad Real es sólo comparable a lo del Partido Socialista con el Director General aquél al que dimitieron hace poco por serias irregularidades en una oposición: tan serias que hay un proceso judicial abierto. O equiparable a un Consejero de Educación como el nuestro, que los Tribunales le dicen que ha vulnerado derechos fundamentales y se queda tan pancho. O a la ya tradicional falta de iniciativa del gobierno socialista manchego, que sigue sin inaugurar ni un solo kilómetro de autovía de cosecha propia. O a la dejadez en la defensa del agua, que sólo es de boquilla. O a esa singular manera de conmemorar el cuarto centenario del Quijote, pretendiendo fabricar un Camino de Santiago en dos días, y sin Santiago. Error tras error, y aquí no pasa nada.

A mí, de pequeño, cuando hacía una trastada, la señora Leoncia me decía: “No tiés tú la culpa, no”. Pues algo parecido sucede en Castilla la Mancha. Nos han quitado unos trenes buenos y nos han puesto unos malos; nos han fastidiado unas oposiciones (¿sólo esas?) con irregularidades, nos imponen un colegio; nos llevan por carreteras tercermundistas. Se gastan nuestros impuestos en bobadas. La culpa es nuestra, por votarles.

Antes, en Castilla la Mancha habíamos elegido un presidente socialista de popularidad artificial, que (tarde o temprano tenía que pasar) se largó a ser Ministro de España y va a las manifestaciones como un ciudadano más, sólo que con fotógrafo incorporado. Y ahora tenemos un Presidente elegido por las Cortes, y sólo por las Cortes, y él lo sabe.

Rodríguez Zapatero le dijo el otro día a Ibarretxe que se ande con ojo que, si los políticos no son buenos, vienen los ciudadanos y los cambian. Mensaje recibido.

Veintitantos años de gobierno socialista en Castilla la Mancha son muchos, son demasiados. Una de las mejores cosas que hay en una democracia es la alternancia en el poder. Si no hay alternancia, tanto el gobernante como el gobernado se acomodan, se acostumbran, y las cosas adquieren una rutina y un automatismo que no son sanos. Llega una Consejera que lleva tres días en el puesto, y los empresarios le dan un premio al mejor no se qué del año. Llega un Delegado Provincial y le bailan el agua para que informe bien tal expediente. El gobernante se instala, el gobernado se aguanta, la oposición se amorcilla… y hasta la prensa se malea. Y venga tiempo y tiempo, de luna en luna y de claro en claro. Y la casa sin barrer.

Emilio Sanz

El Día de Ciudad Real, 8 de febrero de 2005

01 febrero 2005

Venga de donde venga

(Respeto, pero para todos)

Hace unos años los políticos solían decir eso de que hay que condenar la violencia y la intolerancia, venga de donde venga. Lo decían porque en los extremos ideológicos, de un lado y de otro, había energúmenos que solían acabar a palo limpio sus manifestaciones.

La madurez democrática ha hecho que hoy resulte rara y chocante una manifestación de carácter político que incluya actos violentos o intolerantes: la violencia ha quedado erradicada de la política española, y sólo la gente que no es demócrata recurre a medios tan poco civilizados.

La semana pasada, don José Bono, que por primera vez en muchos años está ocupando un cargo para el que no ha sido elegido por el pueblo sino por una sola persona, se llevó el disgusto del mes porque en la manifestación de las víctimas del terrorismo la gente se metió con él. Tan poco acostumbrado está Bono a que la multitud no le vitoree, que se sintió “agredido”, hasta tal punto que se fue de la manifestación. Se habló de “agresiones”, de que “eran muchos”, de que aquello recordaba a “los tiempos del franquismo”…

Los propios policías que cuidan de la seguridad del Ministro Bono han aclarado que no hubo ninguna agresión, que fueron gritos. Incluso que ni siquiera hubo insultos. Pero Bono debió de sentirse en el mismísimo infierno ante un pueblo que no le aclamaba, sino que más bien le criticaba.

Ya se va enterando el Ministro de que no toda España es tan cómoda como Castilla la Mancha.

A mí no me gustan las manifestaciones. Y menos aún me gusta que a los políticos se les abuchee o se les maltrate: bastante tienen con hacerlo lo mejor que pueden y estar permanentemente sometidos al juicio de la opinión pública. Por eso me marché de la manifestación contra la guerra de Iraq en cuanto se extendieron los gritos contra el Gobierno, al que incluso llamaban “asesino”. Y por eso, además de por otras razones, no fui a manifestarme ante las sedes del Partido Popular la noche del 13 de marzo de 2.004: aquello era bochornoso, por la forma y por el fondo. Por la forma, porque era ilegal en jornada electoral; y por el fondo porque se volvía a llamar “asesinos” a gente que no lo es.

No escuché entonces al señor Bono ni el más mínimo comentario acerca de a qué le recordaban aquellas cosas y aquellos gritos. Nunca dijo nada. Su jefe, el que le ha nombrado Ministro, dijo en el Congreso de los Diputados que aquello fue el pueblo soberano reclamando legítimamente no sé qué, y que se sentía orgulloso de ese pueblo.

Me parece que a don José Bono y a su jefe sólo les parece mal la gresca cuando les gritan a ellos, y eso que les gritan cosas que están muy lejos de la palabra “asesino” (quizá porque sus adversarios políticos tienen más mesura).

No creo en las palabras de quien sólo las usa para pedir respeto para él y no para los demás. Hay que estar contra lo injusto, venga de donde venga.

Emilio Sanz

El Día de Ciudad Real, 1 de febrero de 2005