30 marzo 2005

La vida humana

Un dominical traía el domingo un reportaje que explicaba con toda crudeza cómo se obtienen las lanas de los astracanes más exclusivos y más fashion del mundo, y exponía varias fotografías desagradabilísimas en las que se veía a los artesanos (foto) matando a la oveja embarazada (foto) para sacar de sus entrañas al feto de cordero (foto) con cuya piel (foto) se fabrican abrigos caros (foto). Una denuncia verde bastante bien razonada que produce rechazo a los abrigos de astracán.

El uso de razón me llevó inmediatamente a pensar en Terri Shiavo (foto) muriendo de inanición, en el difunto Ramón Sampedro (foto) sorbiendo de la pajita (muchas fotos: pero sólo de la pajita: de lo que vino después, vómitos, estertores, no sacan fotos ni películas). Hay algo que no encaja en todo esto.

Se trata de la vida. La vida es muy difícil de definir. Todos sabemos lo que es la vida, pero no sabemos decirlo y, cuando lo intentamos, siempre somos incompletos. Hay una inclinación en todo ser humano a conservar la vida: apartamos la mano inmediatamente ante el calambrazo y buscamos comida cuando tenemos hambre. Y, para mantener la vida y cubrir nuestras necesidades vitales, nos buscamos un trabajo, para “ganarnos la vida”. El que dedica su vida a una buena causa nos merece grandes elogios. El que mata merece nuestro reproche. El suicidio contradice la inclinación natural del ser humano a conservar su vida: es contrario a ese justo amor de sí mismo que todos tenemos. Pero también es contrario a la vida de los demás: de su familia, de todos los que pueden esperar algo de la vida del que no quiere vivir. El homicidio es un delito horrible. Cuando queremos aclamar a alguien, decimos “¡Viva!”.

La vida es un auténtico misterio, pero vista en su conjunto se pueden sacar consecuencias importantes. Un recién nacido no habla, no razona, no puede comer por sí mismo: abandonado a su suerte moriría, y abandonarlo a su suerte es un delito. Muchas personas disminuidas psíquicas no pueden comer por sí solas, no razonan, no sirven para nada. Los sordos están muy limitados, los ciegos no ven por dónde van. Todos ellos viven y tienen derecho a esperar algo de la sociedad, o sea de la vida de los demás, y los demás tienen concebida su vida en función de ellos: la madre alimenta a su niño y le mima, y el niño la sonríe y la abraza. Al minusválido le llevamos a especialistas, que no son sino personas (como nosotros) que viven de cuidar de ellos y enseñarles a vivir, a hacer cosas en la vida. Y esos minusválidos, para sus familias, para sus médicos, para sus cuidadores, son su vida. La vida no puede ser más o menos apreciada por el grado de utilidad que aporta. La vida proporciona muchas satisfacciones: al minusválido y a su padre; al médico y al terapeuta; al voluntario y al misionero. A todos.

Pero hay que saber lo que es la vida, aunque no se sepa decir. Al que sabe lo que es la vida no le gusta discriminar y no entiende por qué a Shiavo la dejan morir, y sin embargo a los tres chicos que querían suicidarse les llevan al médico. Por qué al de “Mar adentro” se le aplaude, y a la madre que abandona al niño la meten en la cárcel.

Dice el Papa que “la discriminación por motivos de eficiencia no es menos condenable que la que se realiza por la raza, el sexo o la religión”. Y tiene razón.

Emilio Sanz

El Día de Ciudad Real, 29 de marzo de 2005

22 marzo 2005

La estatua

A mí me importa bastante poco la estatua. Ni que esté, ni que deje de estar. Me parece que ya debemos de ser mayoría en España los que hemos terminado el bachillerato en democracia y no hemos visto nunca a Franco, ni hemos cantado las famosas canciones del llamado “régimen anterior”.

Seguramente hay razones para quitar las estatuas de Franco de las plazas españolas. Y seguramente hay también razones para dejarlas. Eso es lo único que yo entendí de los motivos que adujo la Vicepresidenta del Gobierno: que era una estatua que no generaba consenso.

Más que el hecho de llevarse la escultura, me parece que la noticia de portada debía haber sido precisamente la motivación alegada por la Vicepresidenta: la incongruencia de sus declaraciones es manifiesta, y demuestra una escasa capacidad para tomar decisiones políticas. Para poder gobernar, lo principal es tener capacidad de responder de las propias decisiones, y querer responder de las propias decisiones.

Decir que han quitado esa estatua porque no generaba consenso es una respuesta tonta: no sé si hay alguna cosa en España que genere consenso. Además, si hay que quitar todo lo que no genere consenso, habría que suprimir desde el Parlamento, que es el gran monumento a la diversidad de opiniones, hasta los campos de fútbol, donde todos salen a ganar sabiendo que no pueden ganar todos.

No me creo la respuesta de la Vicepresidenta. No creo que quitasen la estatua porque no generase consenso. La quitaron por alguna otra razón, que desconozco. Y así como la estatua me importa bastante poco, la capacidad de dar respuesta del gobierno de mi país me importa mucho.

Es posible que haya en España mucha gente que se haya alegrado de la desaparición del recuerdo de Franco. Y es posible que haya en España mucha gente que no se haya alegrado. A unos y a otros no los vamos a poner de acuerdo jamás: cada uno tiene sus razones, sus ideas, sus sentimientos.

Un gobierno está para gobernar: para actuar, para decidir, para dirigir. Pero lo mínimo que se puede pedir a un gobernante es capacidad de dar respuesta de sus decisiones, y que esa respuesta tenga un cierto sentido, un por qué, un para qué.

Lo peor de todo es que no es la primera vez que este Gobierno actúa sin dar respuesta. Y la gente no es tonta: no somos tontos los españoles, y no son tontos los americanos.

Quizá cuando el Presidente del Gobierno diga por qué no se levantó al paso de la bandera americana, los Ministros empiecen a dar respuestas.

Emilio Sanz

El Día de Ciudad Real, 22 de marzo de 2005

15 marzo 2005

Botellón junto a la Universidad


El que suscribe debe pasar a diario por el campus universitario de Ciudad Real, en su tramo que transcurre paralelo a la vía del pseudo-AVE. Los jueves por la tarde, esa zona se convierte en un hervidero de gente joven que se reúnen, en plan botellón, durante horas.

La verdad es que da gusto contemplar tanta juventud charlando, oyendo música, tomando una copa. Tenemos una juventud que sabe convivir, que mira la peseta, que sabe divertirse. Y eso es un motivo de alegría para los que ya estamos en otra horquilla de las estadísticas.

Esas reuniones, casi siempre masivas, de chavales y chavalas, tienen sus desventajas, y entre todos tendríamos que trabajar para paliar o, si posible fuera, eliminar, los efectos negativos de esas desventajas, que paso a enumerar con carácter no limitativo.

Una concentración de cientos, si no miles, de jóvenes merendando o tomando copas requiere, por ejemplo, la instalación de unos servicios en los que puedan hacer sus necesidades higiénica y discretamente: la ausencia de estos servicios les obliga a veces a estar cuarenta en fila, pegados al seto, con el consiguiente perjuicio para sus zapatillas y para el seto. Vendrían bien también unos lavabos, para que no tuvieran que asir la botella con esas mismas manos. De paso, a los conductores y viandantes ajenos al evento se nos haría más agradable el trayecto, al no tener que lamentarnos de las infrahumanas condiciones en que se ha de desenvolver el ocio de nuestra juventud.

Ahora que parece que se va el frío, la hora de reunión se adelanta, como este último jueves, y la movida comienza con barbacoa a la hora de comer. Al objeto de que no tengan que organizar tantas hogueras con lo primero que encuentren, convendría instalar en esa zona unas cocinas de ladrillo o de piedra. Con cincuenta sería suficiente: cincuenta hogueras había el pasado jueves, sin contar las que, por no tener sitio en la arena, se vieron obligados a hacer en medio de la calzada.

Sería necesario, igualmente, poner unos contenedores de basura, creo que con cien o doscientos bastaría, para que los restos de la fiesta, botellas, bolsas, cáscaras, vasos, latas y demás, no quedasen sobre el terreno afeando el paisaje urbano: no vaya a ser que la gente que pase se piense que son unos sucios. Claro que no sería suficiente con unos contenedores: habría que contratar treinta o cuarenta operarios encargados de recoger a cada joven su botella, o su lata, o su bolsa de patatas en el momento mismo en que termina de usarla, para que los chicos no tengan que trasladarse hasta los contenedores y puedan así aprovechar mejor el poco tiempo libre de que disponen. Siempre será mejor tener cuarenta operarios in situ y en el acto, que encontrarse a las ocho de la mañana del viernes a dos desesperados trabajadores con hectáreas de mierda por recoger.

Por último, dado que lo habitual es que la reunión se prolongue hasta bastante tarde, habría que suprimir las clases de los viernes para que los pobres muchachos no tengan que madrugar después de ese esfuerzo de sana convivencia y diversión. Por tanto, hago un llamamiento al Excelentísimo Ayuntamiento de Ciudad Real, a la Junta de Comunidades de Castilla la Mancha y al Rectorado de la Universidad castellanomanchega para que hagan algo ante esta triste situación.

Emilio Sanz

El Día de Ciudad Real, 15 de marzo de 2005

08 marzo 2005

La mujer barbuda


(Día de la Mujer Trabajadora)


Casi todos los años, en las ferias de mi pueblo se instalaban las mismas atracciones: los espejos cóncavos y convexos, los reptiles horribles, la casa del miedo. Un año se añadió otra, que se anunciaba como “La Mujer Barbuda”. Aunque adolescente, ya por entonces empezaba yo a saber lo que esperaba de la vida, y jamás se me pasó por la cabeza asistir a un espectáculo con semejante título.

Yo no creo que las mujeres conservadoras sean mejores mujeres que las progresistas, ni que las mujeres progresistas sean mejores mujeres que las conservadoras. Estos días, con motivo del llamado “Día de la Mujer Trabajadora”, podemos leer y escuchar versiones bastante diversas. Probablemente, hoy este mismo periódico publique artículos, salidos de la pluma de varias señoras, todos con un mensaje laudatorio de los avances alcanzados en materia de igualdad de oportunidades, pero reivindicativo de lo que nos queda por recorrer para que la mujer se incorpore de un modo total a la vida de la sociedad.

Unas vendrán con su mensaje basado en la famosa paridad, y otras con eslóganes menos traumáticos; pero todas reclamarán, y harán bien, medidas legales y actitudes sociales que impidan que la mujer se encuentre en inferioridad de condiciones respecto al hombre en el mundo laboral.

Y varios políticos machos nos venderán una vez más su discriminación positiva y sus “leyes de paridad” como la gran panacea del siglo XXI. A veces parece que eso fuese todo lo que son capaces de hacer, que en el fondo es discriminar por razón de sexo, lo cual está prohibido en la Constitución. Y bien prohibido, como han demostrado los hechos con algunas Ministras “de cuota”: son Ministras por ser mujeres, y sólo por eso.

Dicho sea de paso, con esas propagandas institucionales sobre la mujer trabajadora y la incorporación de la mujer al mundo laboral, da la sensación de que se menosprecia a la mujer que trabaja en el hogar, como si ese trabajo, que es verdadero trabajo, igual o más útil para la sociedad que otros, no permitiese el desarrollo de la personalidad.

Los extremos casi nunca son buenos, y lo de la paridad es un extremo que da prioridad al sexo de la persona sobre otras cualidades profesionales o personales, cuando en realidad, para desempeñar un puesto concreto, lo que se necesita son perfiles basados en la preparación, la aptitud, la idoneidad. El cocinero es buen cocinero por ser buen cocinero, no por ser hombre. Y la ministra es buena ministra no por ser mujer, sino por ser buena ministra.

Dios ha hecho distintos al hombre y la mujer, pero los ha hecho a los dos: la sociedad necesita de los dos. Igual que la mujer tiene una función insustituible en la familia y en el hogar, la tiene también en la sociedad. El mundo necesita de la aportación de la mujer.

El hombre y la mujer son iguales en dignidad y en derechos, y deben ser iguales en oportunidades. Pero es necesario no perder de vista que el hombre y la mujer son distintos: van a médicos distintos, compiten en actividades deportivas distintas, se sienten cómodos en ropa distinta, consumen cosméticos distintos, reaccionan de modo distinto ante determinados estímulos. Es natural: estrictamente natural. La mujer no es barbuda, y el hombre sí. Afortunadamente.

Emilio Sanz

El Día de Ciudad Real, 8 de marzo de 2005

02 marzo 2005

Tres por ciento

Acusar a un gobernante de llevarse el tres por ciento del importe de los contratos públicos es una cosa muy seria.

Llevarse el tres por ciento de las obras públicas, o el cinco, o un sofá, o un chalé, es, en primer lugar, un delito. Un delito de los de cárcel. Por tanto, acusar a un gobernante de cometer ese delito es tan serio que, si resulta que no es verdad, la acusación es también un delito. Un delito de los de cárcel.

El Estado democrático de Derecho es un compendio de valores en el que priman la libertad, la igualdad, la legalidad… y los primeros garantes deben ser los que ocupan el poder: el poder legislativo, el poder judicial y el poder ejecutivo. Un titular de uno de los poderes del Estado, que utilice las herramientas de la soberanía del pueblo para lucrarse personalmente, comete un fraude de los que, además de merecer la cárcel, dan asco.

Por desgracia, en la historia de España, y no sólo en la lejana, hay ejemplos de delitos de este tipo, juzgados y sentenciados. De ahí que no resulte increíble que cosas así puedan suceder. De ahí que una acusación como esa tenga tanta importancia.

No sabemos hasta dónde llegarán las consecuencias de las cosas que se dijeron la semana pasada en Cataluña Joan Maragall y Artur Mas. El tiempo irá diciendo.

Una de las primeras reacciones fue la del Presidente de Extremadura, Rodríguez Ibarra, que protestó airadamente por lo que, de esos vertidos sucios, pueda salpicar a otras Comunidades Autónomas, y se adelantó a dejar claro que esas cosas no suceden en Extremadura. Los demás presidentes autonómicos no han dicho nada todavía.

Para que se dé un caso real de corrupción de ese tipo, no basta con que haya un gobernante corrupto, sino que se necesita también la intervención de un contratista corruptible.

No es cuestión de precio, sino de calidad: calidad de las personas, calidad del arraigo de valores morales, calidad de las propias convicciones democráticas. Cuando una persona está firmemente fundamentada en la honestidad, en la idea de política como servicio, en el concepto de poder como facultad de administrar lo de todos en beneficio de todos, esas cosas no pasan. Cuando se maneja el dinero de todos, la ley de todos, la ciudad de todos, hay que preocuparse muy mucho de recordar que ese poder es prestado porque es de todos.

Una persona, un líder, un periódico, una empresa… pueden venderse a sí mismos, por ejemplo, renunciando a los ideales que pregona a cambio de un puesto, de una subvención, de un sueldo o de un nombramiento. Seguramente hará mal, pero allá él: es su vida, su dinero y su conciencia. Pero con lo ajeno hay que ser respetuoso.

Y con lo de todos, más todavía.

Emilio Sanz

El Día de Ciudad Real, 1 de marzo de 2005