La vida humana
Un dominical traía el domingo un reportaje que explicaba con toda crudeza cómo se obtienen las lanas de los astracanes más exclusivos y más fashion del mundo, y exponía varias fotografías desagradabilísimas en las que se veía a los artesanos (foto) matando a la oveja embarazada (foto) para sacar de sus entrañas al feto de cordero (foto) con cuya piel (foto) se fabrican abrigos caros (foto). Una denuncia verde bastante bien razonada que produce rechazo a los abrigos de astracán.
El uso de razón me llevó inmediatamente a pensar en Terri Shiavo (foto) muriendo de inanición, en el difunto Ramón Sampedro (foto) sorbiendo de la pajita (muchas fotos: pero sólo de la pajita: de lo que vino después, vómitos, estertores, no sacan fotos ni películas). Hay algo que no encaja en todo esto.
Se trata de la vida. La vida es muy difícil de definir. Todos sabemos lo que es la vida, pero no sabemos decirlo y, cuando lo intentamos, siempre somos incompletos. Hay una inclinación en todo ser humano a conservar la vida: apartamos la mano inmediatamente ante el calambrazo y buscamos comida cuando tenemos hambre. Y, para mantener la vida y cubrir nuestras necesidades vitales, nos buscamos un trabajo, para “ganarnos la vida”. El que dedica su vida a una buena causa nos merece grandes elogios. El que mata merece nuestro reproche. El suicidio contradice la inclinación natural del ser humano a conservar su vida: es contrario a ese justo amor de sí mismo que todos tenemos. Pero también es contrario a la vida de los demás: de su familia, de todos los que pueden esperar algo de la vida del que no quiere vivir. El homicidio es un delito horrible. Cuando queremos aclamar a alguien, decimos “¡Viva!”.
La vida es un auténtico misterio, pero vista en su conjunto se pueden sacar consecuencias importantes. Un recién nacido no habla, no razona, no puede comer por sí mismo: abandonado a su suerte moriría, y abandonarlo a su suerte es un delito. Muchas personas disminuidas psíquicas no pueden comer por sí solas, no razonan, no sirven para nada. Los sordos están muy limitados, los ciegos no ven por dónde van. Todos ellos viven y tienen derecho a esperar algo de la sociedad, o sea de la vida de los demás, y los demás tienen concebida su vida en función de ellos: la madre alimenta a su niño y le mima, y el niño la sonríe y la abraza. Al minusválido le llevamos a especialistas, que no son sino personas (como nosotros) que viven de cuidar de ellos y enseñarles a vivir, a hacer cosas en la vida. Y esos minusválidos, para sus familias, para sus médicos, para sus cuidadores, son su vida. La vida no puede ser más o menos apreciada por el grado de utilidad que aporta. La vida proporciona muchas satisfacciones: al minusválido y a su padre; al médico y al terapeuta; al voluntario y al misionero. A todos.
Pero hay que saber lo que es la vida, aunque no se sepa decir. Al que sabe lo que es la vida no le gusta discriminar y no entiende por qué a Shiavo la dejan morir, y sin embargo a los tres chicos que querían suicidarse les llevan al médico. Por qué al de “Mar adentro” se le aplaude, y a la madre que abandona al niño la meten en la cárcel.
Dice el Papa que “la discriminación por motivos de eficiencia no es menos condenable que la que se realiza por la raza, el sexo o la religión”. Y tiene razón.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 29 de marzo de 2005
El uso de razón me llevó inmediatamente a pensar en Terri Shiavo (foto) muriendo de inanición, en el difunto Ramón Sampedro (foto) sorbiendo de la pajita (muchas fotos: pero sólo de la pajita: de lo que vino después, vómitos, estertores, no sacan fotos ni películas). Hay algo que no encaja en todo esto.
Se trata de la vida. La vida es muy difícil de definir. Todos sabemos lo que es la vida, pero no sabemos decirlo y, cuando lo intentamos, siempre somos incompletos. Hay una inclinación en todo ser humano a conservar la vida: apartamos la mano inmediatamente ante el calambrazo y buscamos comida cuando tenemos hambre. Y, para mantener la vida y cubrir nuestras necesidades vitales, nos buscamos un trabajo, para “ganarnos la vida”. El que dedica su vida a una buena causa nos merece grandes elogios. El que mata merece nuestro reproche. El suicidio contradice la inclinación natural del ser humano a conservar su vida: es contrario a ese justo amor de sí mismo que todos tenemos. Pero también es contrario a la vida de los demás: de su familia, de todos los que pueden esperar algo de la vida del que no quiere vivir. El homicidio es un delito horrible. Cuando queremos aclamar a alguien, decimos “¡Viva!”.
La vida es un auténtico misterio, pero vista en su conjunto se pueden sacar consecuencias importantes. Un recién nacido no habla, no razona, no puede comer por sí mismo: abandonado a su suerte moriría, y abandonarlo a su suerte es un delito. Muchas personas disminuidas psíquicas no pueden comer por sí solas, no razonan, no sirven para nada. Los sordos están muy limitados, los ciegos no ven por dónde van. Todos ellos viven y tienen derecho a esperar algo de la sociedad, o sea de la vida de los demás, y los demás tienen concebida su vida en función de ellos: la madre alimenta a su niño y le mima, y el niño la sonríe y la abraza. Al minusválido le llevamos a especialistas, que no son sino personas (como nosotros) que viven de cuidar de ellos y enseñarles a vivir, a hacer cosas en la vida. Y esos minusválidos, para sus familias, para sus médicos, para sus cuidadores, son su vida. La vida no puede ser más o menos apreciada por el grado de utilidad que aporta. La vida proporciona muchas satisfacciones: al minusválido y a su padre; al médico y al terapeuta; al voluntario y al misionero. A todos.
Pero hay que saber lo que es la vida, aunque no se sepa decir. Al que sabe lo que es la vida no le gusta discriminar y no entiende por qué a Shiavo la dejan morir, y sin embargo a los tres chicos que querían suicidarse les llevan al médico. Por qué al de “Mar adentro” se le aplaude, y a la madre que abandona al niño la meten en la cárcel.
Dice el Papa que “la discriminación por motivos de eficiencia no es menos condenable que la que se realiza por la raza, el sexo o la religión”. Y tiene razón.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 29 de marzo de 2005
