Una peligrosa Ley de Educación
El proyecto de Ley Orgánica de Educación que acaba de aprobar el Gobierno español presenta unas deficiencias peligrosísimas, que se hacen patentes desde la primera línea de la Exposición de Motivos.
Comienza el texto hablando de la educación como el medio más adecuado para construir la personalidad de los jóvenes. Después, a lo largo de todo el texto, se habla de la educación como servicio público, es decir, como responsabilidad de las autoridades públicas. Resulta así una Ley que pretende convertir la educación en un instrumento del poder político para construir ciudadanos a su gusto. De hecho, es significativo que la citada exposición de motivos sólo hable de los padres y las madres para decir que las familias sólo se implicarán en la tarea educativa si los profesores están realmente comprometidos con su tarea. O sea, justo al revés de como se concibe la educación en un Estado democrático de Derecho, donde se respeta el derecho de los padres a cumplir su obligación de educar a sus hijos.
Si, a todo lo dicho, añadimos que se hace obligatoria esa cosa rara de de la educación para la ciudadanía, que se priva a la religión del carácter de verdadera asignatura puesto que no es evaluable, y que se extiende a todo el territorio nacional el desastroso sistema de admisión de alumnos que impide a los padres elegir colegio libremente, el resultado es, desgraciadamente, una Ley de corte estalinista que pretende hacer un sistema educativo que construya ciudadanos a la medida del Gobierno, que ignora a la familia, que despoja a los padres de su derecho a educar a sus hijos, que impide estudiar religión, y que impone la formación del espíritu nacional.
Desde el prisma de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, esta Ley es un retroceso que priva a los padres de su derecho a educar de acuerdo con sus principios. Desde la óptica de la Carta de los Derechos de los Ciudadanos de la Unión Europea, esta Ley es una verdadera expropiación injusta del derecho de las familias a elegir el tipo de educación de sus hijos conforme a sus convicciones religiosas, filosóficas y pedagógicas. Y desde el punto de vista de la Constitución Española, esta Ley vulnera, uno por uno, todos los apartados de su artículo 27.
Se nota que es una Ley no consensuada. Se nota que el gobierno no ha querido recibir a los representantes de tres millones de familias que le presentaron tres millones de firmas. Se nota que se ha hecho caso omiso del Consejo de Estado.
No se puede legislar así, y mucho menos cuando se trata de educación. Si de verdad se quiere que la educación mejore, la prioridad de un gobierno debe ser la familia: los padres. Y, con ellos, el derecho a educar en libertad. Y esta Ley, ni contempla la libertad, ni facilita el papel educador de los padres. Esta Ley dice que la educación es un servicio público: como las carreteras. Y así están.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 26 de julio de 2.005
Comienza el texto hablando de la educación como el medio más adecuado para construir la personalidad de los jóvenes. Después, a lo largo de todo el texto, se habla de la educación como servicio público, es decir, como responsabilidad de las autoridades públicas. Resulta así una Ley que pretende convertir la educación en un instrumento del poder político para construir ciudadanos a su gusto. De hecho, es significativo que la citada exposición de motivos sólo hable de los padres y las madres para decir que las familias sólo se implicarán en la tarea educativa si los profesores están realmente comprometidos con su tarea. O sea, justo al revés de como se concibe la educación en un Estado democrático de Derecho, donde se respeta el derecho de los padres a cumplir su obligación de educar a sus hijos.
Si, a todo lo dicho, añadimos que se hace obligatoria esa cosa rara de de la educación para la ciudadanía, que se priva a la religión del carácter de verdadera asignatura puesto que no es evaluable, y que se extiende a todo el territorio nacional el desastroso sistema de admisión de alumnos que impide a los padres elegir colegio libremente, el resultado es, desgraciadamente, una Ley de corte estalinista que pretende hacer un sistema educativo que construya ciudadanos a la medida del Gobierno, que ignora a la familia, que despoja a los padres de su derecho a educar a sus hijos, que impide estudiar religión, y que impone la formación del espíritu nacional.
Desde el prisma de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, esta Ley es un retroceso que priva a los padres de su derecho a educar de acuerdo con sus principios. Desde la óptica de la Carta de los Derechos de los Ciudadanos de la Unión Europea, esta Ley es una verdadera expropiación injusta del derecho de las familias a elegir el tipo de educación de sus hijos conforme a sus convicciones religiosas, filosóficas y pedagógicas. Y desde el punto de vista de la Constitución Española, esta Ley vulnera, uno por uno, todos los apartados de su artículo 27.
Se nota que es una Ley no consensuada. Se nota que el gobierno no ha querido recibir a los representantes de tres millones de familias que le presentaron tres millones de firmas. Se nota que se ha hecho caso omiso del Consejo de Estado.
No se puede legislar así, y mucho menos cuando se trata de educación. Si de verdad se quiere que la educación mejore, la prioridad de un gobierno debe ser la familia: los padres. Y, con ellos, el derecho a educar en libertad. Y esta Ley, ni contempla la libertad, ni facilita el papel educador de los padres. Esta Ley dice que la educación es un servicio público: como las carreteras. Y así están.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 26 de julio de 2.005
