La biografía de Fernando Lamata
Ha estado poco acertada la persona que haya redactado las biografías oficiales de los nuevos miembros del Consejo de Gobierno de Castilla la Mancha, al menos las que al día de hoy figuran en la página web de la Junta.
Fernando Lamata, vicepresidente primero, es un hombre trabajador, eficaz, inteligente. Un gran fichaje de Barreda. Si le dejan, pondrá orden en muchas consejerías y esto funcionará mejor. No creo que haya nadie en Castilla la Mancha que niegue la valía de nuestro nuevo vicepresidente.
Tampoco creo que haya salido de él la idea de no decir en su biografía dónde ha nacido, mencionando en cambio que su padre nació en Almansa y fue Alcalde de Albacete. Como si la procedencia geográfica del vicepresidente no fuese relevante y sí lo fuese, en cambio, la de su padre. Efectivamente don Pedro Lamata era una gran persona, pero desconozco la importancia que eso pueda tener, como de hecho debe de pensar también el que redactó la dichosa biografía del vicepresidente, que no ha reparado en que es el único miembro del Consejo de Gobierno del que no se menciona el lugar de nacimiento propio sino el paterno, ni en que hay otros miembros del mismo Consejo de Gobierno cuyo padre también fue una persona relevante en la vida política y social, y no son mencionados en los correspondientes currícula.
Yo mismo soy de Talavera, allí nací y me criaron, y sin embargo mi padre era madrileño de pura cepa sin que eso afecte para nada a los datos de interés que sobre mi modesta vida puedan interesar al público.
Sorprende, pues, que no se diga dónde nació uno de los mejores hombres del gobierno de Barreda. Y sorprende la referencia a su padre.
La ausencia del dato del lugar de nacimiento de Fernando Lamata, si es que Fernando Lamata no nació en Castilla la Mancha, podría indicar que al redactor de esa biografía no le interesa que se sepa. En ese caso, es una pena que también en esta región de España andemos con pequeños nacionalismos que no conducen a nada. Si, por el contrario, Fernando Lamata nació en Castilla la Mancha, cabe preguntarse por qué no se menciona su procedencia geográfica, sobre todo cuando sí se dice la de los otros Consejeros.
La otra referencia, la atinente a su padre, parece puesta como complemento a la carencia de la primera: como para indicar que Fernando Lamata tiene raíces castellanomanchegas. Como si aquí nos hicieran falta esas referencias.
Ya digo: no sé quién habrá sido el autor de las biografías, pero desde luego con la de Lamata se ha lucido.
Yo estoy muy contento de que haya venido un vicepresidente como Lamata. Y me da igual de dónde sea. Pero no hagamos nacionalismos a lo mutis por el foro.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 27 de septiembre de 2005
Hay una moda mejor
Una de las razones por las que me alegro de que ya vaya haciendo un poco de fresquete, después de los calores pasados, es la recuperación, al menos temporal, de la mejor consideración de la dignidad humana en la calle. Estoy, de ombligos, michelines, escotes, carnaza, grasilla y sudor, hasta la coronilla.
Por el hecho de que haya unos desconsiderados diseñadores de moda (no todos) que disponen de unas señoras o señoritas la mar de guapas y las sacan a las pasarelas a enseñar sus casi perfectos cuerpos (¿qué es un cuerpo perfecto?), esta sociedad nuestra, tan enferma, se empeña en manifestar un síntoma preocupante: todas las mozas, a enseñar el ombligo, o el escote. Y los padres, a consentirlo. Y los demás, a tragarlo.
En muchos casos, la niña en cuestión no presenta características que se puedan asimilar a las de las modelos; en otros, sí. En ambos casos, me pregunto qué es lo que mueve a algunas chicas a ir por ahí enseñando lo que normalmente no enseñarán cuando tengan cuarenta o cincuenta años.
Si es por agradar, pobre concepto tienen de sus conciudadanos, que preferimos ser agradados por la amabilidad, la elegancia, la inteligencia y el buen gusto. Si es por exhibirse, paupérrimo concepto tienen de sí mismas si piensan que lo que hay que exhibir es sólo cuerpo.
Lo más probable es que no haya ninguna razón concreta, sino simplemente “que se lleva”, o que casi es lo único que se vende ahora. Y eso es lo más triste: que se lleve y se venda: porque eso significa que por los altos templos de la moda andan sueltos los duendes del mal gusto. Los diseñadores ya no son siempre los marcadores de la elegancia.
Hay que plantar cara a los que piensan en el cuerpo humano como un mero objeto. Hay que dar la enhorabuena a los que saben vestir a las personas de modo que resulten atractivas por ser personas, por tener carácter, por su personalidad propia, por su ingenio y su belleza también interior.
Ha tenido mucho éxito un anuncio publicitario que aseguraba que “hay un verano mejor”. Una de las situaciones recreadas en esa campaña era el típico restaurante playero de menú del día repleto de gente sudorosa. A veces pienso que hay otros aspectos de la vida en los que la gente se amontona, y uno de ellos es la moda. Antes que tener que comer un arroz salpicado de sudor mientras los de la mesa de al lado te rozan con sus michelines, es preferible llevarse el bocadillo de casa.
Hay una moda mejor. Más sana, más elegante, más atractiva, más humana: la que viste de persona a las personas.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 20 de septiembre de 2005
La Ley de Educación que nos puede caer encima
Dice el Código Civil español, con bastante sentido común, que “el que por acción u omisión causa daño a otro, interviniendo culpa o negligencia, está obligado a reparar el daño causado”. Con no poco menos sentido común, añade a continuación que “los padres son responsables de los daños causados por los hijos que se encuentren bajo su guarda”.
Esto encaja a la perfección con lo que, unos cientos de artículos antes, proclama el mismo Código Civil: que el padre y la madre “están obligados a velar por los hijos menores y a prestarles alimentos”, teniendo en cuenta que “se entiende por alimentos todo lo que es indispensable para el sustento, habitación, vestido y asistencia médica”, y que “los alimentos comprenden también la educación e instrucción” de los hijos.
Estos mandatos del Código Civil no hacen sino concretar la obligación que para los padres establece la Constitución Española: “Los padres deben prestar asistencia de todo orden a los hijos”. Por eso son responsables de lo que hagan los niños: porque son los padres los que los educan.
No deja de ser llamativo que las leyes se preocupen de recordar a los padres, a las familias, sus obligaciones naturales. Incluso el Código Penal castiga el incumplimiento de esas obligaciones. Parece claro que, si lo hace, es porque alguna vez habrá existido quien las ignore. Y, quizá, últimamente más.
Cabe preguntarse por qué los padres están obligados a prestar asistencia de todo orden a sus hijos: alimentación, medicinas, hogar, educación, instrucción. La respuesta no es fácilmente explicable con palabras, pero es bastante evidente.
Imagínense ustedes que ahora el Parlamento aprueba una Ley Orgánica por la cual sea obligatorio que todos los niños de España tengan que comer en comedores públicos: en el comedor público que esté más cerca de su casa; y que, además, tengan que comer el menú que establezca una Orden Ministerial. Todo con cargo a los impuestos. Y al padre que no le guste, que se gaste el dinero por su cuenta y le dé de comer al niño a otras horas, porque lo del comedor público es obligatorio. Sería tremendo, ¿verdad? Sencillamente, inimaginable, exagerado. Quizá admisible en países del tercer mundo, o en situaciones de crisis extrema, pero no en un Estado Democrático de Derecho.
Pues, lectores míos, váyanse preparando, porque este mes se discute en el Congreso la Ley Orgánica de Educación, que pretende que la educación sea un servicio público; que haya que llevar a los niños al colegio más cercano; que los padres no puedan pedir clase de religión; que sólo haya colegios mixtos sin que se pueda elegir un colegio masculino o femenino; que los padres pinten bastante poco en la educación de sus hijos.
Es una ley injusta. Es incoherente con el resto del sistema jurídico español. Es inconstitucional. Y además no es natural: es absurda.
Si hay manifestación en contra, que la habrá, me apunto.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 13 de septiembre de 2005
Adiós, Wallander
Henning Mankell, escritor sueco, ha dado por terminada la “serie Wallander”. En las novelas de Mankell, Kurt Wallander es un policía de los de novela, pero un hombre de los de la cruda realidad. A través de las aventuras de Wallander, el novelista aprovecha los negros negrísimos episodios de asesinatos horribles, con la correspondiente y exitosa investigación policial dirigida por nuestro protagonista, para hacer un retrato de la sociedad sueca, del hombre sueco y… en el fondo, de la sociedad de hoy y del hombre de hoy.
La trama del asesinato, contada con perfección, es como el escenario en el que se desenvuelve la personalidad de Kurt Wallander: un hombre que empezó desde abajo, que se ha divorciado, que es buena persona, que se siente solo, que quiere con locura a su hija y la está perdiendo el ritmo, que trabaja horas y horas, que mal come de bocadillos, que a veces bebe y luego se arrepiente pero sigue bebiendo.
Wallander comprueba en cada nuevo caso lo vulnerable que es la sociedad, y lo indefenso que está el hombre ante el hombre, y se interroga siempre hacia dónde vamos. Wallander no reza nunca. Yo pienso que ahí está parte del problema: Wallander no tiene un sentido trascendente de la vida.
Wallander visita a su padre menos de lo que debiera, y se da cuenta de que en su día no supieron comprenderse. Tiene muchos conocidos, pero casi no tiene amigos. Recuerda con devoción a su antiguo jefe, y trata correctamente a sus compañeros, uno de los cuales no parece que sea muy leal.
Parece que Mankell se ha hecho con un buen sitio en los clásicos de la novela negra con esta serie de ocho protagonizadas por el entrañable Wallander. Cuando has leído todas, parece que Wallander fuese un personaje real.
Pero dice Mankell que ya está bien, que a otra cosa. Y a mí me ha hecho polvo, porque a ver qué me busco ahora para los ratos de lectura ligera. En el fondo, Wallander era un buen tipo.
Adiós, Wallander.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, agosto de 2.005
Al guardia desconocido
Desde hace unas semanas, la Policía Local de Ciudad Real realiza una serie de controles, por sorpresa, al objeto de vigilar que todos los conductores lleven puesto el cinturón de seguridad. Es una buena medida, en beneficio de todos, principalmente del conductor.
Los accidentes siempre le pasan a otro, hasta que le pasan a uno. Cualquiera podemos despistarnos un momento, o ser víctima del despiste de otro, o de la imprudencia de un tercero. Y las consecuencias de los percances son muy distintas si uno lleva el cinturón de seguridad puesto.
Yo no tenía costumbre de ponerme el cinturón en ciudad; sólo lo usaba para carretera. Hace unos meses la Policía hizo una campaña informativa sobre la necesidad de ponerse el cinturón, y sobre las sanciones que castigarán, que ya están castigando, al que incumpla esta norma. Yo no hice caso: seguía usando el cinturón sólo en carretera.
Hace un mes salí del garaje, como siempre sin el cinto, y no había recorrido cincuenta metros cuando, en un semáforo, se me acercó sigilosamente un Policía Municipal y me dio unos toques en la ventanilla. Bajé el cristal, temeroso de haber hecho algo malo y de la consiguiente multa, y el buen señor me dijo en tono de reproche: -“¿Y el cinturón?”. Yo me hice el tonto: - “Cabeza la mía…”, y me lo puse inmediatamente, como si se me hubiera olvidado. El guardia asintió como diciendo “así me gusta”, y me dijo: “-Bien, pero la campaña informativa ya ha terminado. Por favor, llévelo siempre”. Me saludó y se fue. Y yo me libré de una multa y aprendí lo que nunca antes había incorporado a mis hábitos: ahora me pongo el cinturón hasta para aparcar.
Me gustó el sistema de aquel guardia. Se ve que no tenía ninguna gana de multarme, o que no lo consideró oportuno, pero no quiso dejar pasar la ocasión de ejercer esa función docente que, sin duda, tiene también la Policía. Eso es talante, y lo demás son historias: dejar las cosas claras, hacer cumplir las leyes en beneficio del ciudadano, y no pasarse en la dureza innecesariamente. Y con ese talante, vaya usted a saber si aquel buen guardia no me ha salvado la vida: el día menos pensado, a cualquiera nos puede pasar algo en el coche.
Sirva la presente como reconocimiento a la Policía Local, y como agradecimiento a aquel guardia desconocido.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, agosto de 2.005
Consensuar lo consensuable
A fin de cuentas, la principal crítica que recibió la Ley Orgánica de Calidad de la Educación de la legislatura pasada fue que era una Ley que no había gozado del “necesario consenso”. El hecho es que fue aprobada por la mayoría absoluta del Partido Popular. No comprendió entonces el PP que una Ley de Educación debe ser cuasi sagrada, para no andar mudando de planes de estudio cada dos por tres.
El caso es que la Ley era buena, tuvo informe favorable del Consejo de Estado, y sólo le hicieron ascos los nacionalistas de por allá arriba. El Partido Socialista tenía que oponerse, aunque sólo fuera por no haber sido tenido en cuenta tanto como pretendía.
Así las cosas, según llegó Rodriguez Zapatero al Gobierno, una de las primeras cosas que hizo fue suspender de hecho la aplicación de aquella Ley recién nacida.
Desde aquel mismo momento, el Partido Socialista dejó de hablar de la necesidad de que una Ley de Educación sea objeto del mayor consenso posible. Se cubrieron las formas a base del dichoso talante, jolín con el talante, y se abrió un debate abierto tomando como base un documento elaborado por la entonces nueva Ministra. Ese debate, lo hemos visto ahora, era ficticio: ni han publicado los resultados de las miles de intervenciones, ni los han tenido en cuenta, ni ha servido para nada. Tiempo perdido el que algunos dedicábamos a intervenir en los foros del Ministerio.
No es lo mismo predicar, que dar trigo. El Partido Socialista y su socio Carod Rovira han presentado un proyecto de Ley Orgánica de Educación, sin buscar el “necesario consenso”. Por no tener, el proyecto no tiene ni el visto bueno del Consejo de Estado. A este paso los señores Consejeros de Estado van a tener que hacer una manifestación. El lema podría ser: “Queremos servir para algo”. Pero, sobre todo, no tiene más que el apoyo de los nacionalistas, los cuales, con tal de tener potestad sobre el sistema educativo de su autonomía, o país, o nación, o lo que sea, son capaces de tragar lo intragable. Supongo que los votantes nacionalistas tomarán nota de estas ansias absurdas de sus diputados, que con tal de mandar más son capaces de apoyar leyes injustas.
Si no estuvo bien que la mayoría absoluta del Partido Popular impusiera una Ley de Educación, tampoco será correcto que lo haga el Partido Socialista. Y eso que el PP tenía entonces más votos que ZP y Carod Rovira juntos.
Una Ley de Educación no puede estar cambiando cada poco: el perjudicado es, como siempre, la sociedad. Si el proyecto actual sale adelante, lo normal será que, en cuanto cambien las tornas, que cambiarán tarde o temprano, el que venga quiera poner su granito de arena y haga otra. Y mientras, los niños sin estudiar, los profesores con depresión, y los padres calculando dónde tienen que empadronarse para que les toque un colegio que les guste.
Todavía hay tiempo: consensúen, hombre, consensúen.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, agosto de 2.005
Libertad de expresión en El Día de Ciudad Real
Son varios los lectores, e incluso los colegas, que me han dicho alguna vez que, como siga escribiendo lo que pienso, terminarán echándome de EL DÍA. A esos lectores les parece que mis opiniones no son demasiado concordantes con las de la línea editorial del periódico. A mí también me lo parece.
Y a esos lectores les parece que eso puede ser causa de que dejen de publicarme los artículos. Y a mí no me lo parece.
Llevo escribiendo semanalmente en EL DÍA de Ciudad Real desde la primera semana. Cuando el Director del periódico me invitó a escribir en sus páginas, sólo puse una condición: que jamás se me quitase ni una coma de lo que enviase, ni se me vetasen temas, ni se me sugiriesen cambios. Y tengo que decir que pronto el periódico cumplirá tres años, y yo siempre he escrito lo que pensaba. Y nunca la dirección ha dicho ni esta boca es mía.
En algunas ocasiones he sido crítico, incluso muy crítico, con políticos que gozan de la “amistad” del periódico. Otras veces he planteado opiniones completamente opuestas a lo expresado en el Editorial. Incluso alguna vez he replicado a propósito comentarios editoriales o reportajes. Y siempre he sido libre para ello.
Una vez un Diputado se enfadó conmigo por un artículo. En el periódico me lo dijeron, y yo llamé al Diputado, que me recibió enseguida. Hablamos, constatamos que no estamos de acuerdo, nos tomamos un vino y nos respetamos. Y nos seguimos respetando.
En otra ocasión, me molestó a mí un comentario de otro columnista. Lo mismo: hablando se entiende la gente. Así da gusto.
Estoy muy satisfecho de poder decir lo que pienso, de poder manifestar mis opiniones por escrito en este medio de comunicación. Y estoy por ello muy agradecido a mi periódico. Ojalá todo el que quiera pueda escribir lo que piensa. Eso es libertad de expresión.
Además, me gusta escribir en un periódico cuyos anuncios se pueden ver tranquilamente: que no tiene publicidad de líneas telefónicas eróticas, ni de contactos guarrindongos, aunque con ello deje de ganar un dinero. Lo primero es lo primero.
Y también eso es libertad.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, agosto de 2.005