25 octubre 2005

Cláusula de rescisión

Gracias al fútbol, o por culpa del fútbol, he estado repasando unas lecciones de Derecho muy interesantes. Hay futbolistas que por lo visto deben de ser tan buenos que no sólo ganan muchísimo dinero, sino que además en sus contratos figuran unas cláusulas destinadas a garantizar la fidelidad del jugador, lo que en términos económicos puede verse como un modo de que el club rentabilice la inversión que le ha supuesto el fichaje.
Así, la categoría del jugador se mide, además de por la millonada que se embolsa cada temporada, por la cuantía de su “cláusula de rescisión”. El jugador se compromete en su contrato a jugar en ese equipo un número determinado de temporadas, y en caso de que no cumpla ese tiempo deberá abonar el importe señalado en esa cláusula como indemnización, o como pena, por incumplimiento.
En su origen y en su razón de ser, esta cláusula de rescisión tiene como un objeto un cierto refuerzo del compromiso que el jugador adquiere: jugarás en este equipo tantas temporadas, y no te irás a otro aunque te paguen más; y para que quede clara tu voluntad de compromiso con este club, si te marchas a otro equipo tendrás que pagar tal cantidad.
Y a medida que determinados jugadores van teniendo un prestigio superior, que les hace apetecibles para otros clubes, esa cifra va en aumento. Y como un jugador prestigioso es una gran fuente de ingresos, no sólo por su juego sino también por lo que llaman “merchandising”, sucede a veces que los equipos están dispuestos a pagar la cláusula de rescisión de un jugador para poder llevárselo. Y eso ha convertido, lo que en un principio era el refuerzo de un compromiso, en una simple parte más del precio a pagar por un jugador. Se olvida ya, por sistema, que tal persona se comprometió por tantos años, y se rellena con dinero el hueco del incumplimiento.
Imagínense lo que supondría la generalización de ese planteamiento a otros aspectos de la vida: desaparecería el concepto de obligación, eclipsado por el concepto de responsabilidad. Es decir, la consecuencia pasaría al primer plano, y la causa al segundo, con lo que tendríamos el mundo al revés.
Cuando los incumplimientos, las faltas a los compromisos, se ven a priori como una posibilidad más, de la misma intensidad moral que el cumplimiento, tapando con billetes el agujero que queda, la vida en sociedad se hace difícil. El Derecho Civil, que por ser muy viejo es muy sabio, tiene mandado que, como regla general, “el deudor no podrá eximirse de cumplir la obligación pagando la pena”. Porque las obligaciones están para ser cumplidas. La finalidad principal del castigo es enseñar a cumplir, disuadir del incumplimiento.
La persona respetuosa que llega tarde a una cita, si es educada pide disculpas, y a la próxima será puntual, no para no tener que disculparse, sino por respeto al otro. El buen trabajador trabaja para ganarse la vida y construir el mundo, no por miedo al despido. El conductor respeta el stop para que sea posible ir por la vida, no para evitar una multa. El buen marido es fiel a su esposa porque la quiere, no para no tener que pagar una pensión compensatoria.
Habría que revalorizar la palabra compromiso. En el diccionario significa “obligación contraída, palabra dada, fe empeñada”. Quizá en los negocios la cláusula de rescisión se haya instalado. Pero que no pase de ahí. Sería penoso educar a los niños en un esquema dualista, y que vayan por la vida pensando que hay dos posibilidades: o cumplir o disculparse. Habrá que cumplir. Y la disculpa no es una opción más, sino la consecuencia de una falta no buscada.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 25 de octubre de 2005

19 octubre 2005

Sociedad civil

“La carencia o el anquilosamiento de las asociaciones civiles debilita la participación de los ciudadanos, empobrece el dinamismo social y pone en peligro la libertad y el protagonismo de la sociedad frente al creciente poder de la Administración y del Estado. Una sociedad sin iniciativa social y sin medios eficaces para llevar a la práctica los proyectos por ella promovidos, puede llegar a ser enteramente dominada y controlada por quienes consigan apoderarse de los resortes de la Administración y de los centros de poder más importantes. En cambio, una sociedad culta, bien informada y organizada, es la base de la vida democrática y la garantía más firme contra cualquier abuso de poder y cualquier tentación totalitaria”.
“El servicio a la sociedad y el desarrollo de sus libertades requiere alentar y favorecer la existencia de asociaciones civiles encaminadas a fortalecer el ejercicio de los derechos y el cumplimiento de las responsabilidades de los ciudadanos en el campo de las realidades sociales y políticas. Cualquier esfuerzo encaminado a fomentar y vigorizar asociaciones cívicas, culturales, económicas, laborales y profesionales, sociales y políticas, nacidas del dinamismo propio de los ciudadanos y de la sociedad, ha de ser recibido y apoyado como un verdadero servicio al enriquecimiento cualitativo de nuestra sociedad. La Administración y los gobiernos deben apoyarlas positivamente siempre que estén de acuerdo con las exigencias del bien común”.
Esto que acabo de copiarles a ustedes lo dijeron los obispos españoles hace casi veinte años.
Quería yo escribir un artículo sobre la importancia de la llamada “sociedad civil” entendida como expresión de la manera de concebir los asuntos en la vida real de los ciudadanos, no en los despachos políticos, y no he encontrado mejor manera de explicarme que copiando esos dos párrafos.
El poder político necesita que los ciudadanos le pongan un contrapeso que frene los excesos que, irremediablemente, tientan a todo cargo público. Por eso, si una ideología es honrada, es capaz de conocer sus propias debilidades y está dispuesta a admitir esos contrapesos. Por eso también, una prueba irrefutable de falta de espíritu democrático y abierto es la que se produce cuando en una sociedad el poder político subvenciona las expresiones de la sociedad civil según le venga bien tenerlas calladitas y contentas, o las ahoga cuando le son molestas.
De las pocas cosas que me quedan de los estudios de filosofía hay una que me parece esencial: “el obrar sigue al ser”. Si el hombre es un ser social, el hombre debe actuar como ser social: en asociación con otros. Pienso que en España nos falta mucho camino por recorrer en materia de sociedad civil, uno de cuyos tramos principales es la necesidad de que las personas individuales, usted, yo, colaboremos con las instituciones sociales o asociativas que defiendan los principios con los que cada cual se identifique.
No sirve de nada quejarse. No sirve de nada levantarse con la radio echando humo. No sirve de nada estarse quieto.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 18 de octubre de 2005

11 octubre 2005

Escríbelo tú

Llevo relativamente poco tiempo escribiendo: ahora en este periódico, antes en otro, de vez en cuando en alguna revista que me pide algún artículo. Todo lo que escribo lo pongo en mi “blog” en internet, gracias a mi hermano Guillermo, que pacientemente me lo preparó y me enseñó cómo se hace.
Y resulta que la gente lo lee. Usted está leyendo ahora este artículo: pues como usted hay más. Los que escribimos, recibimos diariamente un buen número de correos electrónicos comentando los artículos: unos a favor, otros en contra, otros muy a favor, otros muy en contra, y algunos de broma. A veces nos paran por la calle para felicitarnos por algún artículo. Otras veces alguien nos contesta en el mismo periódico. Algunos se admiran de que tengamos imaginación para escribir un artículo todas las semanas. Otros piensan que eso quita demasiado tiempo.
No piense el lector que pretendo aquí apuntarme ningún tanto. Creo que sé perfectamente dónde estoy. Pero el hecho es que usted está leyendo esto. Piense usted, insisto, en que como usted hay muchos más. Todos los días. Y con muchos artículos de muchos articulistas, o con muchas cartas al director de muchos lectores.
Hay gente que me pide que escriba sobre algún tema concreto que le parece de interés. Otros me dicen que diga tal cosa, que me meta con fulanito, que critique tal asunto o apoye tal medida. Siempre que eso sucede, me dan ganas de contestar: “escríbelo tú”, aunque no siempre lo digo, según la confianza que tenga con el interlocutor. Me da igual que pienses como yo o no; me da igual que estés de acuerdo o no, pero escribe, habla, dilo, no te calles, razona, protesta, elogia, sugiere, critica. Si realmente te interesa lo que pasa, lo que puede pasar; si realmente crees en eso; si de verdad eres coherente contigo mismo, si no eres cobarde, dilo, escríbelo. Sí que sirve. Sí que importa. Hablando se entiende la gente. Explicando las cosas se abren las ideas.
Yo tampoco sé escribir. Yo soy abogado y me dedico a mi despacho y jamás en mi vida pensé que escribiría nada. Y aquí me tienes todas las semanas. Si sabes leer esto, también sabes escribirlo.
Tú también sabes, tú también puedes. Tres líneas, cuatro, veinte. Cinco minutos, diez, una hora. Pero no escurras el bulto. No descargues en otros la responsabilidad que te toca a ti, ciudadano. Así nos va, todos callados. Así nos va, que los políticos están muy lejos y mandan demasiado. Así nos va, que tiran de nosotros hacia donde no queremos ir. Así nos va, que cuando nos damos cuenta nos han cambiado el paisaje con elementos artificiales.
¿Tú quieres cambiar el mundo? ¿Tú tienes ideales, razones, creencias, amores?
Pues dilo. Escríbelo. Escríbelo tú.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 11 de octubre de 2005

04 octubre 2005

Estatut, educación y un jamón

Nadie tiene ni idea de cómo va a terminar esta extraña historia del Estatuto de Autonomía de Cataluña. Pero lo peor es que nadie tiene ni idea de cómo empezó, porque los protagonistas de este asunto se han ocupado de que nadie sepa de qué han estado hablando Zapatero, Maragall, Carod y Mas en unas reuniones secretas que ellos mismo admiten, después de celebradas, que se celebraron.
Soy partidario de una sola nación, la española, compuesta de Comunidades Autónomas, nacionalidades y regiones como dice la Constitución. Pero, al fin y al cabo, esa es una cuestión que, aunque importantísima, es contingente: podría no ser así, podría no haber sido así, por historia, por política, por circunstancias.
Pero hay cosas que son mucho más importantes y que no son negociables porque no son contingentes sino necesarias, cosas que en una democracia deben estar muy claritas. Y una de ellas es el derecho a la educación que, unido a la libertad de enseñanza, dan como resultado el derecho a educar en libertad.
La noticia saltaba el jueves pasado: Convergencia i Unió ha suavizado su postura en materia de concertación económica con el Estado, a cambio de que el tripartito (socialistas, comunistas y republicanos de izquierda) admita que el Estatut reconozca que los padres y madres tienen garantizado el derecho que les asiste a que sus hijos reciban una educación religiosa y moral en la escuela de titularidad pública.
Confieso que tuve que restregarme los ojos y volver a leer la noticia. ¿Es que nadie se había ocupado de garantizar ese derecho en el Estatut? ¿Es que socialistas, comunistas y republicanos de izquierda no estaban por la labor de reconocer ese derecho? ¿Es que alguien tenía algún inconveniente?
Sepan bien, todos los que la presente vieren y entendieren, que el derecho de los padres y las madres a elegir el tipo de educación que ha de darse a sus hijos es uno de los famosos “Derechos Humanos”, como el derecho a la vida, a la integridad física y moral, o como la prohibición de la esclavitud. Les copio el apartado tercero del artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos”. Les copio también el párrafo tercero del artículo 14 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea: “Se respetan, de acuerdo con las leyes nacionales que regulen su ejercicio, la libertad de creación de centros docentes dentro del respeto a los principios democráticos, así como el derecho de los padres a garantizar la educación y la enseñanza de sus hijos conforme a sus convicciones religiosas, filosóficas y pedagógicas”.
Pues ya ven ustedes: algo tan necesario como los Derechos Humanos está todavía, en pleno siglo XXI, en las mesas de intercambio de intereses políticos, junto a cosas tan contingentes como la recaudación de un impuesto.
Para que algunos vengan luego a presumir de haber luchado por los Derechos Humanos. ¡Y un jamón! A ver si algunos por lo que lucharon es por el poder, y ahora los Derechos Humanos les importan un pimiento.
Sólo faltaba.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 4 de octubre de 2005