Recuerdos del 23 F
Cuando yo estudiaba el COU, al salir de clase una tarde de febrero, alguien nos dijo que unos guardias civiles habían entrado en el Congreso a tiro limpio y que todo parecía indicar que se estaba produciendo un golpe de Estado.
Al llegar a casa, mi padre tenía ya el dinero en el bolsillo para ir a comprar harina y azúcar. Yo era entonces “el mayor” (los hermanos mayores estudiaban la carrera lejos de mi pueblo), así que cogí el palo más gordo que encontré y acompañé a mi padre a la tienda de ultramarinos, dispuesto a sacudir con el palo a quien se metiese lo más mínimo con mi padre. Mi padre había vivido la guerra civil y su primera reacción aquella tarde fue hacer acopio de víveres, por si acaso. El palo no me hizo falta para nada. De regreso a casa nos cruzamos en la escalera con los del segundo, que se supone que eran rojos, y con los del cuarto, que se supone que eran fachas. Y mi padre estuvo igual de amable con ambos, tan amable como siempre.
Se supone que éramos una familia de derechas, como muchísimas de aquella época, pero realmente eso de las “familias de derechas” o “familias de izquierdas” es una estupidez inexistente, como lo demuestra el hecho de que lo habitual es que en esas familias, y en todas, haya de todo, como en botica, y la mía no es menos en ese aspecto. Pero recuerdo muy bien la alegría de mi padre el día que vimos por televisión que el Congreso aprobaba la Ley de Reforma Política impulsada por don Adolfo Suárez, y recuerdo la emoción de aquél Presidente del Gobierno devolviendo los aplausos de aquella inmensa mayoría de diputados que le aclamaba por su destreza en aquel primer paso para traer la democracia a este país. Luego fueron pasando los meses, y los afectos y adhesiones se fueron diversificando tanto en el Congreso como en la calle como en las familias: de eso se trataba, de que cada cual defendiese sus ideas sin que por ello el Congreso dejase de serlo, ni la calle se revolviese, ni las familias se desuniesen.
Las cosas se debieron de poner muy mal (terrorismo, paro, separatismos) y hubo un equivocado, equivocadísimo intento de reconducirlas haciendo que los diputados se echasen al suelo al ruido de los tiros. Gran error ese de querer fortalecer la democracia por cauces no democráticos. Gran delito ese de imponer ideas a punta de pistola.
Y el mismo que había devuelto al pueblo los aplausos en la aprobación de la Ley de Reforma Política, el mismo que había empezado ese camino hacia la democracia, fue consciente de su responsabilidad y de su legitimidad y de su representatividad y de su hombría, y se levantó del asiento y le dijo a Tejero “soy el Presidente del Gobierno”. Seguro que a más de un Diputado aquella reacción de don Adolfo Suárez le hizo sobrevivir y le curó el dolor de estómago.
Y el Rey. También recuerdo al Rey ordenando detener a los golpistas y hablando de libertad y de Constitución y de democracia.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 28 de febrero de 2006
Al llegar a casa, mi padre tenía ya el dinero en el bolsillo para ir a comprar harina y azúcar. Yo era entonces “el mayor” (los hermanos mayores estudiaban la carrera lejos de mi pueblo), así que cogí el palo más gordo que encontré y acompañé a mi padre a la tienda de ultramarinos, dispuesto a sacudir con el palo a quien se metiese lo más mínimo con mi padre. Mi padre había vivido la guerra civil y su primera reacción aquella tarde fue hacer acopio de víveres, por si acaso. El palo no me hizo falta para nada. De regreso a casa nos cruzamos en la escalera con los del segundo, que se supone que eran rojos, y con los del cuarto, que se supone que eran fachas. Y mi padre estuvo igual de amable con ambos, tan amable como siempre.
Se supone que éramos una familia de derechas, como muchísimas de aquella época, pero realmente eso de las “familias de derechas” o “familias de izquierdas” es una estupidez inexistente, como lo demuestra el hecho de que lo habitual es que en esas familias, y en todas, haya de todo, como en botica, y la mía no es menos en ese aspecto. Pero recuerdo muy bien la alegría de mi padre el día que vimos por televisión que el Congreso aprobaba la Ley de Reforma Política impulsada por don Adolfo Suárez, y recuerdo la emoción de aquél Presidente del Gobierno devolviendo los aplausos de aquella inmensa mayoría de diputados que le aclamaba por su destreza en aquel primer paso para traer la democracia a este país. Luego fueron pasando los meses, y los afectos y adhesiones se fueron diversificando tanto en el Congreso como en la calle como en las familias: de eso se trataba, de que cada cual defendiese sus ideas sin que por ello el Congreso dejase de serlo, ni la calle se revolviese, ni las familias se desuniesen.
Las cosas se debieron de poner muy mal (terrorismo, paro, separatismos) y hubo un equivocado, equivocadísimo intento de reconducirlas haciendo que los diputados se echasen al suelo al ruido de los tiros. Gran error ese de querer fortalecer la democracia por cauces no democráticos. Gran delito ese de imponer ideas a punta de pistola.
Y el mismo que había devuelto al pueblo los aplausos en la aprobación de la Ley de Reforma Política, el mismo que había empezado ese camino hacia la democracia, fue consciente de su responsabilidad y de su legitimidad y de su representatividad y de su hombría, y se levantó del asiento y le dijo a Tejero “soy el Presidente del Gobierno”. Seguro que a más de un Diputado aquella reacción de don Adolfo Suárez le hizo sobrevivir y le curó el dolor de estómago.
Y el Rey. También recuerdo al Rey ordenando detener a los golpistas y hablando de libertad y de Constitución y de democracia.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 28 de febrero de 2006
