Besos machistas
Estos tiempos de paridad impuesta y de lucha contra el machismo son una gran ocasión para replantearse varias cosas y ponerlas en su sitio. Por ejemplo, para exigir a los editores de muchas revistas femeninas (no hay más que ver la publicidad que insertan, para ver que son revistas femeninas) un poco más de calidad en los contenidos. Porque algunas de esas revistas se caracterizan por su exceso de material gráfico mediocre y su carencia de letra escrita, su falta de contenidos culturales medianamente serios, su obsesiva curiosidad por la vida de los que ellas mismas han hecho famosos, y su ausencia de firmas intelectuales. Como si a las mujeres sólo le interesara la moda y el cotilleo: triste concepto de la mujer tienen esos editores.
Puede ser también una buena ocasión para buscar una alternativa a los y las que se dedican a comerciar con fotos de cuerpos femeninos, en prensa y en televisión: hay publicaciones que utilizan mujeres como si fueran auténticos objetos, muy bonitos, pero objetos: mudos, de adorno, sin nada que decir, sugiriendo sólo instintos.
Y, por supuesto, sería una ocasión estupenda para acabar con la costumbre del besito. Empezaron algunos jugadores de fútbol dando un besito al suplente que sale, o al pobre hombre que acaba de meter un gol, y ahora ya se va extendiendo el hábito, y de vez en cuando aparece un célebre concejal de Madrid besando a los ministros.
Estamos a tiempo de evitar que lo del beso se generalice, e incluso recuperar un terreno que le hemos ido arrebatando al buen gusto. Con lo elegante que es dar la mano. Hace veinte o treinta años te presentaban a una mujer y lo correcto era darle le mano. Se fue poniendo de moda el par de besitos, como cosa más moderna y más informal, y ahora ya ven: corremos el riesgo de igualar, pero hacia el beso. Y yo a eso no estoy dispuesto.
El beso siempre ha sido una muestra de cariño propia de vínculos familiares, o de mucha intimidad o confianza. Fuera de ese ámbito, es más correcto dar la mano: es más respetuoso, más social.
Saludar del mismo modo a la esposa, a la hija o a la hermana, que a la compañera de trabajo o a la esposa del amigo, no deja de ser incoherente. Si madre no hay más que una, no vamos a saludar igual a la madre que a la señora que te acaban de presentar.
Por otra parte, lo de saludar con un beso a las señoras y, en cambio, con un apretón de manos a los hombres, no deja de ser una muestra de machismo absurdo y discriminador. Y, dado que el noventa y nueve coma nueve por ciento de los hombres no estamos dispuestos a saludarnos entre nosotros a beso limpio, creo que será mejor volver al saludo consistente en estrechar la mano, también a las señoras.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 28 de marzo de 2006
Puede ser también una buena ocasión para buscar una alternativa a los y las que se dedican a comerciar con fotos de cuerpos femeninos, en prensa y en televisión: hay publicaciones que utilizan mujeres como si fueran auténticos objetos, muy bonitos, pero objetos: mudos, de adorno, sin nada que decir, sugiriendo sólo instintos.
Y, por supuesto, sería una ocasión estupenda para acabar con la costumbre del besito. Empezaron algunos jugadores de fútbol dando un besito al suplente que sale, o al pobre hombre que acaba de meter un gol, y ahora ya se va extendiendo el hábito, y de vez en cuando aparece un célebre concejal de Madrid besando a los ministros.
Estamos a tiempo de evitar que lo del beso se generalice, e incluso recuperar un terreno que le hemos ido arrebatando al buen gusto. Con lo elegante que es dar la mano. Hace veinte o treinta años te presentaban a una mujer y lo correcto era darle le mano. Se fue poniendo de moda el par de besitos, como cosa más moderna y más informal, y ahora ya ven: corremos el riesgo de igualar, pero hacia el beso. Y yo a eso no estoy dispuesto.
El beso siempre ha sido una muestra de cariño propia de vínculos familiares, o de mucha intimidad o confianza. Fuera de ese ámbito, es más correcto dar la mano: es más respetuoso, más social.
Saludar del mismo modo a la esposa, a la hija o a la hermana, que a la compañera de trabajo o a la esposa del amigo, no deja de ser incoherente. Si madre no hay más que una, no vamos a saludar igual a la madre que a la señora que te acaban de presentar.
Por otra parte, lo de saludar con un beso a las señoras y, en cambio, con un apretón de manos a los hombres, no deja de ser una muestra de machismo absurdo y discriminador. Y, dado que el noventa y nueve coma nueve por ciento de los hombres no estamos dispuestos a saludarnos entre nosotros a beso limpio, creo que será mejor volver al saludo consistente en estrechar la mano, también a las señoras.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 28 de marzo de 2006
