25 abril 2006

Educación sexual para la ciudadanía

La noticia saltó la semana pasada a los medios, aunque pocos se han hecho el eco que correspondería en una sociedad, no sólo libre, sino consciente de su libertad.
El Ministerio de Educación prepara una guía de educación sexual para niños y niñas de seis a doce años, aparentemente para insertarla en los contenidos de la asignatura de Educación para la Ciudadanía.
Es posible que el contenido de esa guía sea perfectamente legal, políticamente correcto, y la mar de moderno. Pero yo he tenido ocasión de leer varios de sus párrafos y les aseguro a ustedes que no se la recomiendo.
Es una guía que parece pretender acelerar el desarrollo sexual de los niños y las niñas, dándoles unos criterios, incluso morales, que no son en absoluto científicos, ni psicológica ni socialmente hablando.
Pero sobre todo, lo que más llama la atención en esta última o penúltima actuación del Ministerio de Educación, es la auténtica intromisión de las autoridades políticas educativas en el ámbito de las competencias de la familia, de los padres. Parece como si el Gobierno, una vez horadados los cimientos de la libertad de enseñanza mediante la supresión del derecho a elegir colegio, y una vez adulterado el concepto de familia hasta el punto de negar el derecho a un padre y a una madre, pretendiese ahora imponer unos criterios morales, pues es eso en definitiva lo que subyace detrás de las recomendaciones que recoge esta guía de orientación sexual: es bueno hacer tal cosa, pero no es bueno hacerla en público; es malo controlar tales sentimientos; es bueno realizar tales actos.
Poco a poco estamos asistiendo a una masiva violación de derechos irrenunciables. El derecho de los padres a elegir el tipo de educación que ha de darse a sus hijos está protegido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, por la Constitución Española, por la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea. El día menos pensado Amnistía Internacional nos sorprende con un informe sobre las violaciones de este derecho en España. No estaría mal.
No pretendo que se obligue a nadie a abrazar una concepción moral concreta. Defiendo la libertad y el derecho de los padres a educar a sus hijos conforme a sus convicciones. Precisamente por eso creo que la sociedad debe rechazar esas intromisiones del poder político. La Ministra y el Consejero, que eduquen a sus hijos según sus convicciones. Pero que dejen en paz a los hijos de los demás y respeten la libertad de todos.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 24 de abril de 2006

19 abril 2006

Es por matar

Para situar las cosas en sus términos reales, conviene recordar una verdad que, por obvia, podría quedar, y de hecho creo que está quedando, en segundo plano.
Los señores de la ETA que están en la cárcel, no están ahí por ser separatistas, ni abertzales, ni por pretender la autodeterminación del País Vasco. Están en la cárcel por matar a la gente, por poner bombas, por pegar tiros, por secuestrar, por amenazar.
En las Sentencias, dictadas por Tribunales siguiendo los trámites legales en procesos con abogado defensor, se les condena por haber matado, o secuestrado; en definitiva, por terrorismo. No se les condena por sus ideas.
Ahora que los terroristas han dicho que, de momento, no tienen intención de matar, hay que delimitar bien los términos del debate subsiguiente.
A todas las personas de bien nos alegra lo que lleva consigo la llamada “tregua” o “alto el fuego”: que no haya violencia. Pero, no nos engañemos, una declaración de tregua sigue siendo una amenaza, pues significa: “vamos a parlamentar, pero me reservo el derecho a reanudar la actividad terrorista”. No hay otra posible interpretación ya que, de lo contrario, ETA habría dicho que deja las armas, y no lo ha dicho. Otra cosa es que exista la posibilidad de que lo vaya a decir, pero, hasta que no lo diga, la amenaza sigue viva, y por tanto ETA continúa con su estrategia de siempre.
El “alto el fuego” no es sino una ocasión para que tanto la propia organización terrorista como el gobierno español se sondeen mutuamente. ¿Qué van a encontrar? En teoría, del gobierno español los terroristas sólo deben esperar el deseo de que no haya más muertos y que los asesinos cumplan sus condenas (al menos, eso ha dicho el gobierno español). ¿Y en ETA, qué vamos a encontrar en ETA? Nadie tiene derecho a esperar que un abertzale reniegue de sus pretensiones independentistas, sencillamente porque cada uno tiene derecho a pensar lo que quiera y a defender sus ideas. Lo único que se prohíbe es la violencia, el asesinato, el secuestro. Luego se supone que de ETA sólo cabe esperar que deje de matar. No hay más que hablar. Sería constitucionalmente ridículo que los encargados de hablar con los terroristas hablasen de política con ellos. Si tienen derecho a pensar lo que les venga en gana, que lo piensen, como todos hacemos. En España hay libertad de opinión, libertad de expresión, libertades políticas, libertades civiles. Aquí, afortunadamente, cabemos todos. Lo que no cabe es matar.
Creo que será bueno prestarle atención a lo verdaderamente interesante e importante: que no haya más asesinatos. Lo demás es menos importante. De lo demás se puede hablar en el Congreso, en el Senado, en la prensa, en La Moncloa, en Ferraz, en Génova y donde haga falta. Pero hay una cosa que es absolutamente irrenunciable: no más muertos, no más víctimas, no más violencia.
Tengo una gran esperanza en que se acabe el terrorismo. Más que una esperanza es un deseo irrefrenable. Pero me pregunto si se puede hablar en serio mientras haya una amenaza. Creo que lo primero es conseguir que ETA entregue las armas. Con una amenaza de por medio, pasa lo que pasa: ya se habla de que Batasuna podrá presentarse a las elecciones de 2.007. ¿Será que están hablando de política, bajo la amenaza de la tregua?
Que quede claro: están en la cárcel por matar, y sólo por matar.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 18 de abril de 2006

12 abril 2006

Viernes Santo: Catedral

Miles de personas contemplando cómo pasa un hombre torturado hasta la muerte, clavado en una cruz y con la sangre densa recorriendo a chorros su cuerpo malherido. Y detrás, una mujer llorando, serena, dolorosa, entera, triste, como ida, maternal, maravillosa.
Es lo que me encuentro cada Viernes Santo cuando salgo de la Catedral, terminados los Oficios que la Iglesia celebra para sus fieles. El templo se llena de corazones que quieren ser buenos para celebrar la Pasión de Jesucristo; para revivir un año más aquello que hizo Dios movido sólo por su amor a los hombres. Los hombres somos soberbios y decimos esa chulería de “no ofende el que quiere, sino el que puede”. Dios, en cambio, es bueno, es todo amor y le podemos ofender cuando queramos, como de hecho hacemos muchas veces. Por mucho que cada uno de nosotros seamos, que lo somos, una nadería delante de toda la grandeza de Dios, nuestros pecados son ofensas infinitas, pues infinito es Dios, infinita su categoría, infinita la grandeza de su amor. Como el niño que es capaz de romper un cristal pero no es capaz de pagarlo, los hombres no tenemos con qué pagar nuestros pecados. Y, como Dios nos ama, se hace él mismo hombre y, por amor, sólo por amor, se ofrece para sufrir en su humanidad lo que nos merecemos nosotros. Ese Cristo muerto a palos que sale despacio, en silencio, cortándonos la respiración con su imponente presencia, es Dios que se ha hecho hombre y ha pagado en sus carnes la deuda nuestra. Tanto nos quiere. Tanto le importamos.
No es posible que sea sólo belleza eso que contemplamos por la calle el Viernes Santo. No es sólo estética, ni arte, ni costumbres populares. La visión de Cristo muerto produce asombro, respeto, admiración, silencio, amor, dolor, un “Señor mío Jesucristo” y la señal de la Cruz, que es la señal del cristiano. Las pisadas de los costaleros, la voz de su capataz, el golpe del tambor y la música de la trompeta ayudan al alma a silenciarse y contemplar. ¿Qué otra cosa puede hacerse ante Jesús crucificado, sino contemplar y vivir por dentro ese amor de Cristo… a nosotros, a ti, a mí?
Los penitentes de otra túnica anuncian que ya sale otro paso: el de la Madre del Crucificado. La Dolorosa va a salir de la Catedral. Yo quisiera ser costalero de la Señora para ayudarla a caminar, para llevarla, como del brazo, sosteniéndola en su dolor. Qué paz lleva en el rostro sereno. Qué dolor lleva en su alma de luto. Qué amor lleva en sus pasos detrás de su Hijo maltratado. La llevan como en volandas, suavemente. La ayudan a caminar con una feminidad y un encanto que encantan y conmueven: es natural, porque la llevan como se lleva a una madre. Y tú la ves venir, delicada, cariñosa, y te quieres acercar, y le dices guapa, y buena, y madre, y… todo.
Es el consuelo del Viernes Santo: por la misma puerta salen a la calle, a dejarse ver por los hombres, el dolor del Hijo y el dolor de la Madre. El Amor de Dios y el amor de su Madre. El perdón de Dios y el amor de los hombres.
Yo le doy las gracias a todos los que hacen que, cada Viernes Santo, la calle sea como un alma silenciosa y recogida.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 11 de abril de 2.006

04 abril 2006

España está enferma

En esta España tan moderna y tan civilizada y tan fashion y tan abierta, si a alguien se le ocurre subirse a un árbol y coger de un nido un huevo de águila, o de buitre, o de cualquier bicho protegido, le meten un paquete que lo apañan para varios años.
Si además se nos ocurre en Ciudad Real hacer un proyecto de aeropuerto cerca de donde anidan las avutardas, nos paran las obras y dejan colgados a cientos de trabajadores y en suspenso el desarrollo de toda una comarca.
Como vayas por el campo y le pises el rabo a un lagarto ocelado, te multan. Si los niños tiran piedras a los nidos de cigüeñas, a los padres poco menos que los exilian y a los niños les meten en un curso de medio ambiente para sus restos.
Y además no se pueden poner abetos en Navidad, ni acebos, ni se pueden pescar pececillos. Todo eso me parece bien. Hay que cuidar el medio ambiente. Está muy bien eso de salvar el planeta.
Lo que no me parece bien es que, en esta España tan moderna y tan verde, los seres humanos estén menos protegidos que los buitres leonados.
Un embrión humano es un ser humano, y sin embargo una Ley que va a regular las técnicas de reproducción asistida le concede al embrión humano menos protección que a los huevos de buitre leonado o a las ramas de un pino piñonero.
La Ley que se está tramando en el Parlamento español trata a los embriones humanos como simple “material biológico”: como si el embrión humano fuese un vulgar conjunto de células y nada más, y por tanto un objeto con el que experimentar.
Lo están vendiendo como progreso. Se han metido en el bote a colectivos enteros de enfermos diciéndoles que ahí está el futuro de su curación. Pero no nos explican con claridad la verdad del asunto: que van a producir (qué palabrita para hablar de seres humanos) embriones humanos, (o sea seres humanos) destinados a ser tratados como muestras de laboratorio para intentar curar enfermedades, pero a costa de la propia vida de los embriones. Es como cortarle el brazo a un ser humano para implantárselo a otro. O matar a un ser humano para ponerle su hígado a otro.
Nos están engañando. Un ejemplo: el preámbulo de la nefasta ley a que me refiero dice que, desde la fecundación hasta los catorce días, el embrión humano no es más que un “preembrión”. Lo de los catorce días se lo sacan de la manga, porque nadie ha dicho que sean exactamente catorce días lo que tarda en poder ser identificado el embrión como indivisible. Pueden ser diez, o pueden ser quince o veinte. Es como si una Ley permitiese al cazador pegar dos tiros a un chaparro sin mirar antes si hay un hombre detrás.
Yo les recomiendo, señores lectores, que se informen. Y que no se dejen engañar. Porque esto de la Ley de Técnicas de Reproducción Asistida es muy grave: trata al ser humano como si fuera una cosa, olvidando que todos los seres humanos somos iguales, los grandes y los chicos, y tenemos los mismos derechos. Y si hay un ser humano débil al que hay que proteger, ese es el embrión humano. España está enferma: éticamente enferma.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 4 de abril de 2006