El ajo y el pollo
Negar una afirmación o un razonamiento aludiendo sólo a alguna cualidad o defecto de la persona que lo formula es un tipo de falacia denominado generalmente “argumentum ad hominem”. El ejemplo clásico de argumento “ad hominem” es: Fulano afirma “A”; Fulano tiene tal defecto; luego “A” es falso.
Como ven, el razonamiento “ad hominem” no se tiene de pie.
Eso no quiere decir que “A” tenga que ser cierto pero, desde luego, si es falso no lo es porque lo haya dicho fulano, sino por otra causa que habrá que razonar.
Vamos, que el ataque personal está muy feo. Se descalificaría por sí mismo quien pretendiese convencer de la bondad o maldad de una idea, de un proyecto o de un programa y, como única razón, aludiese a las características personales del autor de la idea.
Sería muy zarrapastroso intentar desacreditar a un político por ser padre superprotector, o porque tiene fobia al hipermercado. En el primer caso, ser padre superprotector no necesariamente conlleva la ineptitud para gobernar, y en el segundo tampoco. Y, si además, realmente no hay tal fobia, más zarrapastroso todavía.
Sería una lástima que ese tipo de argumentaciones tan pobres y raquíticas impidiesen el debate que de verdad interesa: el del asunto de fondo. Aquí se dice mucho eso hacer más caso al ajo que al pollo. Pues eso.
La gente que se interesa por los asuntos públicos, se interesa por eso: por los asuntos públicos, y le traen al fresco tanto las cosillas personales de la gente como las cosas colaterales que se le puedan escapar a, o dejen escapar, los personajes públicos.
Afortunadamente, esta democracia va madurando, y cada vez son menos las polémicas absurdas. Y cuando son, son breves, que es lo menos malo.
Abreviemos, pues, y vengan las propuestas, los argumentos serios, los pensamientos distintos, los diferentes puntos de vista. Ahí está la riqueza y la ventaja.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 26 de septiembre de 2006
Como ven, el razonamiento “ad hominem” no se tiene de pie.
Eso no quiere decir que “A” tenga que ser cierto pero, desde luego, si es falso no lo es porque lo haya dicho fulano, sino por otra causa que habrá que razonar.
Vamos, que el ataque personal está muy feo. Se descalificaría por sí mismo quien pretendiese convencer de la bondad o maldad de una idea, de un proyecto o de un programa y, como única razón, aludiese a las características personales del autor de la idea.
Sería muy zarrapastroso intentar desacreditar a un político por ser padre superprotector, o porque tiene fobia al hipermercado. En el primer caso, ser padre superprotector no necesariamente conlleva la ineptitud para gobernar, y en el segundo tampoco. Y, si además, realmente no hay tal fobia, más zarrapastroso todavía.
Sería una lástima que ese tipo de argumentaciones tan pobres y raquíticas impidiesen el debate que de verdad interesa: el del asunto de fondo. Aquí se dice mucho eso hacer más caso al ajo que al pollo. Pues eso.
La gente que se interesa por los asuntos públicos, se interesa por eso: por los asuntos públicos, y le traen al fresco tanto las cosillas personales de la gente como las cosas colaterales que se le puedan escapar a, o dejen escapar, los personajes públicos.
Afortunadamente, esta democracia va madurando, y cada vez son menos las polémicas absurdas. Y cuando son, son breves, que es lo menos malo.
Abreviemos, pues, y vengan las propuestas, los argumentos serios, los pensamientos distintos, los diferentes puntos de vista. Ahí está la riqueza y la ventaja.
Emilio Sanz
El Día de Ciudad Real, 26 de septiembre de 2006
