12 diciembre 2006

Dictadores

Ahora que se ha muerto Pinochet, y que Fidel Castro está enfermo y todo parece indicar que no le queda mucho tiempo de vida, vuelve a suceder una paradoja difícilmente explicable. Me refiero a la dureza, muy merecida en mi opinión, con que se juzga al dictador chileno, en contraste con la discreta benevolencia con que se trata al cubano, siendo ambos unos dictadores que se han pasado la vida, no ya desconociendo, sino conculcando gravemente los más elementales derechos humanos de los ciudadanos de sus respectivos países.
Yo no tengo ningún inconveniente en decir que las dictaduras no son de recibo en este mundo. Y menos aún las dictaduras sangrientas, como la de Pinochet y como la de Fidel Castro. Pero me resulta incomprensible que haya quien critique unas dictaduras sí y otras no.
Los que criticamos las dictaduras, todas las dictaduras, lo hacemos por tener un determinado concepto de la dignidad de la persona humana y de sus derechos, y un cierto amor a la libertad de las personas y de los pueblos, además de unas fuertes convicciones acerca de la igualdad de todos, de la justicia, del imperio de la Ley, de la separación de poderes y de otros principios y valores que, afortunadamente, rigen hoy la vida de las democracias modernas.
No deja de ser chocante que haya voces que, con todo el derecho y toda la razón del mundo, nos desgarren el alma contando los crímenes atroces de Pinochet, pero no hablen nunca de los de Fidel Castro. Igual que es chocante que se oculten las barbaridades de Stalin cuando se citan las de Hitler, cuando es sabido que ambos fueron auténticos monstruos.
Me pregunto qué diferencia hay entre Pinochet y Fidel Castro en cuanto a su modo de gobernar. Si examinamos lo fundamental, veremos que diferencias hay muy pocas: en cuanto a su modo de tratar a los disidentes, en su poder absoluto, en su actuación criminal, en su partido único, en su desprecio por la vida humana, en su propaganda sectaria…
No pretendo juzgar intenciones, pero es que me resulta inconcebible el silencio de muchos sobre las atrocidades de Fidel Castro.

Navidades laicas

A las tarjetas de felicitación que venían enviando por estas fechas determinadas instituciones, en plan “feliz año nuevo” a secas o “felices fiestas de invierno”, se suma ahora una rareza más: algunos colegios públicos suprimen las celebraciones navideñas “para salvaguardar la escuela laica”, dicen.
Pues, por más que lo busco, no encuentro apoyo legal ninguno para semejante innovación, porque en ninguna ley está escrito que la escuela pública tenga que ser “laica”. Más bien es al revés: si la escuela pública debe regirse por la Constitución española, como todo quisque, la escuela pública tiene que ser aconfesional, que no es lo mismo que laica.
El Estado laico es el que actúa sin tener en cuenta las creencias religiosas de los ciudadanos. Y eso, en España, es, simple y llanamente, inconstitucional. Y no lo digo yo. Lo dice el artículo 16 punto tercero de la Constitución Española que, después de proclamar que ninguna confesión tendrá carácter estatal, ordena que “los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española”. Y si alguien encuentra lo contrario en la Constitución, que lo diga.
Parece, pues, obligado, que también la escuela pública tenga en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española. Según la estadística del Ministerio de Educación, en Castilla La Mancha solicitan la asignatura de religión en educación primaria el 93,8 por ciento de los padres. Habrá que tener ese dato en cuenta, más que nada para respetar la Constitución, que no es un invento sino una Ley fruto de un consenso impresionante.
Nadie en su sano juicio va a obligar a los niños musulmanes o de la confesión que sea, que acuden a los centros escolares españoles, a participar en algo que vaya contra su conciencia. Pero hay que ser muy restrictivo en materia de derechos fundamentales para dejar sin celebraciones de Navidad al resto de los niños, que además no son un resto sino una gran mayoría.
Todo esto es muy significativo si tenemos en cuenta que hace un mes los colegios rebosaban de máscaras de monstruos y calabazas tenebrosas para celebrar “halloween”, o que a muchos críos les hacen vestirse de cosas de lo más pintoresco en los carnavales.
Supongo que lo próximo será la supresión del día del padre y del día de la madre, que serán sustituidos por “el día del progenitor A” y el “día del progenitor B” para no herir sensibilidades.