Dictadores
Ahora que se ha muerto Pinochet, y que Fidel Castro está enfermo y todo parece indicar que no le queda mucho tiempo de vida, vuelve a suceder una paradoja difícilmente explicable. Me refiero a la dureza, muy merecida en mi opinión, con que se juzga al dictador chileno, en contraste con la discreta benevolencia con que se trata al cubano, siendo ambos unos dictadores que se han pasado la vida, no ya desconociendo, sino conculcando gravemente los más elementales derechos humanos de los ciudadanos de sus respectivos países.
Yo no tengo ningún inconveniente en decir que las dictaduras no son de recibo en este mundo. Y menos aún las dictaduras sangrientas, como la de Pinochet y como la de Fidel Castro. Pero me resulta incomprensible que haya quien critique unas dictaduras sí y otras no.
Los que criticamos las dictaduras, todas las dictaduras, lo hacemos por tener un determinado concepto de la dignidad de la persona humana y de sus derechos, y un cierto amor a la libertad de las personas y de los pueblos, además de unas fuertes convicciones acerca de la igualdad de todos, de la justicia, del imperio de la Ley, de la separación de poderes y de otros principios y valores que, afortunadamente, rigen hoy la vida de las democracias modernas.
No deja de ser chocante que haya voces que, con todo el derecho y toda la razón del mundo, nos desgarren el alma contando los crímenes atroces de Pinochet, pero no hablen nunca de los de Fidel Castro. Igual que es chocante que se oculten las barbaridades de Stalin cuando se citan las de Hitler, cuando es sabido que ambos fueron auténticos monstruos.
Me pregunto qué diferencia hay entre Pinochet y Fidel Castro en cuanto a su modo de gobernar. Si examinamos lo fundamental, veremos que diferencias hay muy pocas: en cuanto a su modo de tratar a los disidentes, en su poder absoluto, en su actuación criminal, en su partido único, en su desprecio por la vida humana, en su propaganda sectaria…
No pretendo juzgar intenciones, pero es que me resulta inconcebible el silencio de muchos sobre las atrocidades de Fidel Castro.
Yo no tengo ningún inconveniente en decir que las dictaduras no son de recibo en este mundo. Y menos aún las dictaduras sangrientas, como la de Pinochet y como la de Fidel Castro. Pero me resulta incomprensible que haya quien critique unas dictaduras sí y otras no.
Los que criticamos las dictaduras, todas las dictaduras, lo hacemos por tener un determinado concepto de la dignidad de la persona humana y de sus derechos, y un cierto amor a la libertad de las personas y de los pueblos, además de unas fuertes convicciones acerca de la igualdad de todos, de la justicia, del imperio de la Ley, de la separación de poderes y de otros principios y valores que, afortunadamente, rigen hoy la vida de las democracias modernas.
No deja de ser chocante que haya voces que, con todo el derecho y toda la razón del mundo, nos desgarren el alma contando los crímenes atroces de Pinochet, pero no hablen nunca de los de Fidel Castro. Igual que es chocante que se oculten las barbaridades de Stalin cuando se citan las de Hitler, cuando es sabido que ambos fueron auténticos monstruos.
Me pregunto qué diferencia hay entre Pinochet y Fidel Castro en cuanto a su modo de gobernar. Si examinamos lo fundamental, veremos que diferencias hay muy pocas: en cuanto a su modo de tratar a los disidentes, en su poder absoluto, en su actuación criminal, en su partido único, en su desprecio por la vida humana, en su propaganda sectaria…
No pretendo juzgar intenciones, pero es que me resulta inconcebible el silencio de muchos sobre las atrocidades de Fidel Castro.
