02 octubre 2007

Ya lo limpiarán

Yo estaba haciendo sala de espera en una empresa que, entre otras cosas buenas, se caracteriza por una excelente atención a las personas, sean proveedores, clientes, o meras visitas. También estaba haciendo espera aquel señor: ni le había visto nunca ni creo que le vaya a volver a ver. Esto ocurría a varios cientos de kilómetros de mi casa, y ni sé quién era, ni me importa a los efectos de lo que quiero contar hoy.

El lugar destinado a espera estaba separado de la zona de trabajo por unas relucientes y limpísimas puertas de cristal que, junto con el resto de la decoración, hacían que allí se estuviera bien.

Yo no sé cuánto tiempo llevaría esperando aquel hombre, pero el caso es que, o debió de impacientarse, o simplemente quiso interesarse por cuánto le quedaba, y se levantó con toda normalidad y entró a la zona de trabajo, supongo que a preguntar. Lo que me hirió profundamente fue que no entró asiendo el asidero, ni agarrando el agarrador, ni tirando del tirador. El muy insolidario plantó toda la mano, la manaza diría yo, en mitad del cristal, dejando una enorme marca o huella feísima y estropeando la cosa bien hecha que suponía toda aquella limpieza.

No tengo por qué pensar que lo hizo a propósito. Es más, estoy seguro de que ni se dio cuenta y lo hizo con toda naturalidad. Tal vez es esto lo más triste del caso.
Me quedé perplejo, y sentí el impulso de levantare a limpiar con mi pañuelo la mancha en el cristal… pero no era plan. O sí lo era. Pero no lo hice.

Cuando me avisaron, hice la visita que había ido a hacer y me fui.
Al salir, vi que una empleada limpiaba con cristasol la puerta sucia.
Emilio Sanz