31 enero 2007

Yo no entiendo lo del Estatuto

Hay una cosa que no entiendo. Me resulta particularmente incomprensible la siguiente sucesión de hechos ciertos: primero, en el Congreso de los Diputados, los diputados socialistas de Castilla La Mancha votan a favor de la aprobación del Estatuto de Cataluña, que no sólo no menciona la “indisoluble unidad de la nación española” sino que insiste en que el Parlamento catalán afirma que Cataluña es una nación. Después, los diputados regionales del Partido Socialista votan, el lunes pasado, en el Parlamento de Castilla La Mancha, que esta Región es una Comunidad Autónoma en el marco de la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles.
La paradoja es evidente: los diputados de un mismo partido político, el Partido Socialista de Castilla La Mancha, aprueban un Estatuto como el de Cataluña, que no habla para nada de la nación española y, sin embargo, hacen que el artículo primero del Estatuto de otra Comunidad Autónoma, en concreto la suya, contenga esa rotunda seña de españolidad.
No es fácil de entender la paradoja: si tan importante es, para el Partido Socialista de Castilla La Mancha, el postulado de la unidad indivisible de la nación española como para que figure en el artículo primero del Estatuto de Castilla La Mancha, cabe preguntarse por qué entonces no exigieron una mención similar en el Estatuto catalán para votar favor de su aprobación. O, lo que es lo mismo, cabe preguntarse por qué el Partido Socialista admite una Cataluña como realidad nacional, y sin embargo le niega esa misma consideración a Castilla La Mancha.
No creo que los parlamentarios del PSOE de Castilla La Mancha piensen que su región merezca más consideración que otras, pero tampoco que merezca menos, ni creo que piensen que las Comunidades Autónomas tengan una vinculación o pertenencia distinta a la nación española.
No creo que los parlamentarios del PSOE de Castilla La Mancha piensen que Castilla La Mancha sea una realidad nacional, ni que pretendan que nuestro Parlamento Regional declare que somos una nación. Pero tampoco creo que piensen que Cataluña sea una realidad nacional, ni creo que estén de acuerdo con la afirmación del parlamento catalán de que Cataluña es una nación.
No creo que los parlamentarios socialistas castellanomanchegos voten en contra de sus propias ideas, ni aquí ni en Madrid, y menos en cuestiones que para ellos son tan importantes que las hacen figurar en el artículo primero de nuestro nuevo Estatuto.
Yo no lo entiendo.
Emilio Sanz

16 enero 2007

Incongruente Zapatero

Los que trabajamos en el ámbito de la justicia sabemos muy bien que uno de los principios básicos es el de la “congruencia”: es decir, que las resoluciones, para ser aceptables, deben pronunciarse sobre todos los pedimentos que hayan hecho las partes. Es un principio de puro sentido común, que garantiza el amparo judicial ante la demanda de los ciudadanos.
Quizá por eso sentí una doble decepción escuchando ayer en el debate extraordinario al todavía presidente del gobierno español. Decepción, primero, porque no estoy de acuerdo con su modo de proceder en su política respecto del terrorismo de ETA, lo cual es perfectamente lícito: yo prefiero la actitud de los gobiernos anteriores, prefiero dureza policial y judicial, prefiero Estado de Derecho, prefiero que no haya diálogo político con gente que pone pistolas o bombas encima de la mesa, prefiero que el gobierno de mi país no entre al juego del chantaje.
Pero esa decepción no es nueva: el presidente lleva muchos meses decepcionándome en ese aspecto.
La otra decepción es menos política y más profesional. Se plantea un debate para que el presidente explique qué pasó el treinta de diciembre en Barajas, qué había pasado antes de ese día, y qué va a pasar ahora. En un durísimo discurso, el jefe de la oposición, Mariano Rajoy, terminó planteándole a Zapatero una serie de cuestiones: diga usted que el proceso está roto, diga usted que no dialogará con ETA, diga usted que impedirá que Batasuna acuda a las próximas elecciones locales, diga usted qué va a hacer a partir de ahora. Y el presidente no respondió a ninguna de las cuestiones planteadas. El presidente se limitó a posponer el asunto principal a un posible pacto futuro dentro de unos días de todas las fuerzas políticas, si bien lo hizo dentro de un conjunto de ataques al Partido Popular. El presidente está en su derecho de atacar al Partido Popular y a quien le venga en gana. Pero cuando un señor como el señor Rajoy, que tiene detrás diez millones de votos, le pregunta una serie de cuestiones, lo menos que puede hacer es contestar. Y no contestó. Y lo peor de todo es que la comparecencia la solicitó el gobierno. Todos pensábamos que para explicar algo. Pero no. A eso se denomina incongruencia.

09 enero 2007

Zapatero y Barreda

Es muy grande la desilusión que me produce esa táctica, vacía pero resultona, que tienen tanto el Presidente Barreda como el Presidente Zapatero, consistente en limitarse a decir cosas bonitas, idílicas, por grandes, preocupantes o evidentes que sean los problemas.
El Presidente Zapatero sigue con su paz, su diálogo, su firmeza y sus civilizaciones. Y el presidente Barreda sigue con que en Castilla La Mancha somos capaces de conseguir todo lo que nos propongamos, que ya no dependemos de nadie más que de nosotros mismos, y que el famoso acuerdo del agua con la Ministra Narbona es lo más de lo más.
Y mientras tanto, en ambos casos, nos va como nos va. Ni cesan los atentados, ni hay firmeza en el Gobierno de España, ni hay desarrollo en una Castilla La Mancha que ha tardado veintiocho años en estrenar un kilómetro de autovía propia y que se supone que hace año y pico solucionó el problema del agua con un acuerdo que se calificó oficialmente de histórico y en el que se gastaron muchos euros de propaganda oficial.
La táctica de las buenas palabras funciona cuando detrás hay un compromiso con los ciudadanos. Si no, sólo se demuestra una necesidad imperiosa de mantenerse en el poder.
El Presidente Zapatero, que sin duda es una buena persona llena de buenos deseos, ha demostrado en muy poco tiempo su escasa capacidad para gobernar el país. Además, ha dedicado muchos esfuerzos a aislar a la oposición de acuerdo con unos socios efímeros, y ahora no sabe qué hacer. Sólo decir cosas bonitas.
El Presidente Barreda, que también es una bellísima persona y que es Presidente porque José Bono le dejó el cargo en herencia, sabe que no lo tiene fácil y confía en la inercia de los años. Ha ordenado que Cospedal no existe, se ha olvidado del acuerdo histórico con Narbona, ha conseguido que los medios de comunicación sostenidos con fondos públicos, o sea, los públicos y los concertados, se olviden del incendio de Guadalajara, de los escándalos de las oposiciones y de cualquier asunto mínimamente crítico, y sus preciosas pero manidas palabras siguen siendo, o portada, o felicitación navideña del Vicepresidente Lamata. Y sin pudor alguno. Y, para colmo, los parlamentarios socialistas castellanomanchegos que él preside mantienen el voto favorable a las políticas de Zapatero.
Yo creo que así no vamos bien. Que hay que dejarse de decir cosas bonitas, y arremangarse y comprometerse con los ciudadanos. Menos propaganda y más compromiso serio.